Lenguaje corporal


La comunicación no verbal supone más del 60% de la información que se transmite en una conversación

El lenguaje da forma a los pensamientos. Pero éstos también pueden transmitirse a través de los gestos, las muecas o diferentes movimientos corporales que suponen más del 60% de la información dada en una conversación. Sólo así se entiende que una sonrisa sea en ocasiones suficiente para demostrar que estamos alegres, mientras que unos brazos caídos o unos ojos tristes denotan el cansancio al final del día. Expertos en el tema aseguran que cada gesto tiene su significado y revelan la certeza de aquel refrán que afirma que "la cara es el espejo del alma".
Por AZUCENA GARCÍA PARA CONSUMER.ES
8 de septiembre de 2004
Qué es

Conocer el propio cuerpo y aprender a controlarlo es fundamental en determinados momentos, sobre todo, cuando hablamos con los demás. Y es que entre un 55% y un 70% de la comunicación transmitida en una conversación es comunicación no verbal compuesta por más de un centenar de mensajes que se emiten a través de gestos o actitudes, mientras que sólo un 35% correspondería al habla.

Los sentimientos, las inquietudes, los pensamientos… Todo queda reflejado en nuestro cuerpo, que lo procesa y lo lanza al exterior sin mediar palabra para que sea interpretado por el contrario, quien, a su vez, también puede decir mucho sin abrir la boca gracias a un conjunto de señales emitidas, en su mayoría, de manera inconsciente pero muy expresiva.

En su libro, "La comunicación no verbal", la autora Flora Davis recalca que la capacidad de descifrar esos gestos y movimientos es innata a todas las personas desde la infancia, de manera que somos capaces de reaccionar de diferente manera ante unos u otros movimientos porque conocemos su significado de antemano.

No obstante, algunos discrepan de esta idea ya que, según explica la psicóloga clínica Sonia Maruri, "el lenguaje corporal sólo es un acompañamiento de lo que la persona dice. Hay que tener en cuenta también lo que dice y cómo lo dice porque de lo contrario se limita mucho la información".

"Transmitimos mucha información, pero siempre se tiene que tener muy claro de qué va acompañada esa información. El lenguaje es nuestra forma prioritaria de comunicarnos", defiende.

Afrontar los conflictos familiares en Navidad


En estas fechas afloran numerosos conflictos familiares que, con frecuencia, permanecen latentes el resto del año

La Navidad, una de las fiestas más importantes de la tradición occidental, ha calado de forma profunda, hasta tal punto que la celebran creyentes y no creyentes como un día relacionado con unión familiar, alegría y reencuentro. Pero hay otras "navidades" que tienen una cara menos solidaria y fraterna, y que experimentan miles de personas para quienes el 24 de diciembre dista de ser un día de felicidad y armonía. Por el contrario, la soledad, los problemas familiares, las envidias, los celos y otros sentimientos negativos provocan que la venta de antidepresivos aumente hasta un 40% en estas fechas.


Pilar Rojas, médica psicoanalista del Grupo Cero, explica que en Navidad el encuentro con los familiares cercanos implica siempre un cierto grado de tensión porque rara vez se celebran como uno pensaba. "Cada persona tiene su propia familia, que ha creado en su psiquismo y de la que se cree el centro. Este hecho para algunos es muy tranquilizador, mientras que para otros supone una fuente de rivalidad continua", matiza.

Los principales conflictos están relacionados con la familia y las demandas afectivas de todos los miembros

Esta psicoanalista afirma que estas fechas, con la celebración en el mundo cristiano del nacimiento de Jesús, recuerdan el propio nacimiento de un individuo y hacen que se piense en su muerte. "Para el ser humano, asumir su mortalidad, la finitud de la vida, es una de las cuestiones siempre presente y que más conflictos genera. Por otra parte, el paso del tiempo, marcado en estas fechas, viene a sumarse a lo antes señalado", concluye Rojas. La ausencia de seres amados, la visita de algún miembro de la familia no querido o el reencuentro con parientes poco apreciados, son algunas de las situaciones más comunes que generan tensiones en estos días tan especiales por la carga cultural, emocional, psicológica y social que encierra la celebración de la Navidad.

Ana Berástegui Pedro-Viejo, investigadora del Instituto Universitario de la Familia de la Universidad Pontificia Comillas, enumera tres tipos de conflictos familiares en estas fechas:

Los conflictos permanentes: presentes durante el resto del año pero que entran en contraste con lo esperado de estas fechas. Por lo general, en Navidad se vive con mayor intensidad y dolor lo que en otro tiempo se considera un enfrentamiento cotidiano. "Un ejemplo muy simple es un adolescente que en todas las cenas se levanta de la mesa antes de que los demás terminen para chatear con sus amigos, pero si hace esto el día de Nochebuena, los padres sentirán con mucha más fuerza que se distancian del hijo o le prohibirán hacerlo...", explica la experta.

Conflictos propios de estas fechas: dado que los festejos navideños enfrentan a todas las familias a una serie de tareas y decisiones que también pueden resultar complejas, relacionadas con el lugar donde juntarse para comer y cenar, quiénes serán los invitados, qué regalos se deben comprar o quiénes se encargarán del cuidado de los niños.

Conflictos profundos en todas las familias y que brotan estos días por el mayor tiempo de los miembros para estar juntos. Estos problemas, vigentes durante el resto del año, no se manifiestan o se hacen conscientes en otros momentos. "Sin ir más lejos, -explica Berástegui-, puede haber parejas que no sepan comunicarse ni llegar a acuerdos, pero como durante el resto del año sólo se ven delante de la tele y la vida está más pautada y ordenada, no se dan cuenta de ello hasta que tienen que pasar más tiempo juntos para preparar los eventos navideños con la familia".

La investigadora sostiene que los principales problemas en estas fechas están muy relacionados con la familia. Al fin y al cabo, las familias crean su propia cultura, sus propias costumbres y sus propios ritos que, en Navidad, entran en conflicto con las culturas familiares de origen. Las demandas afectivas de todos -padres, hijos y abuelos- pueden dificultar mucho la toma de decisiones y el bienestar de la familia.

Otro tipo de cuestiones tienen que ver con la toma de decisiones económicas, constata Berástegui. "La Navidad enfrenta a las familias a muchos gastos excepcionales y las dificultades económicas o los diferentes criterios de decisión en estos temas pueden incidir en un aumento de la conflictividad. También se encuentran en esta situación los adolescentes que ponen en cuestión las tradiciones familiares de sus padres", puntualiza.

Mobbing o acoso psicológico


La ayuda de los compañeros, junto con un psicólogo y un abogado formados, son fundamentales para defenderse de los ataques


El "mobbing" o acoso psicológico en el trabajo es un problema latente en nuestra sociedad, aunque desconocido todavía para la inmensa mayoría. Se estima que más de 2 millones de personas sufren psicoterror- término que utilizan los expertos para definir sus efectos- por culpa de sus hostigadores en administraciones y empresas españolas. Para resolverlo, además de la ayuda de los compañeros, es fundamental dar con un psicólogo y un abogado especializados en este problema. Si no están formados en el tratamiento de mobbing, la situación del paciente puede incluso empeorar.
Por BENYI ARREGOCÉS CARRERE PARA CONSUMER.ES
21 de abril de 2004
Acoso

Los hostigadores, ya sean jefes o compañeros, emplean diversas tácticas para aniquilar a la persona. Por ejemplo, les mandan trabajos que deben entregar en un plazo de tiempo imposible de cumplir, les asignan tareas de menor cualificación profesional que la que les corresponde, les insultan y gritan delante de terceros, ignoran su presencia aunque estén enfrente, manipulan a los demás con datos falsos, les ponen trampas, les evalúan de forma negativa... El listado es inacabable.

"El acosador actúa por celos profesionales. La víctima se ha vuelto amenazante por su comportamiento laboral extraordinario o porque conoce irregularidades, por ello procura la destrucción psicológica del trabajador", explica Iñaki Piñuel, psicólogo y escritor de libros como "Mobbing, manual de autoayuda" (Aguilar) o "Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo" (Sal Terrae). Es habitual que las personas acosadas sean brillantes en su trabajo y también que los atacantes no tengan ningún trastorno ni enfermedad. Además, el apoyo de los compañeros es nulo en estos casos o son inconscientemente partícipes en el psicoterror. Según el Barómetro Cisneros, cinco de cada seis personas que sufren acoso laboral son abandonados por sus colaboradores y la organización no hace nada por evitar los ataques.

"Quien acosa busca el perjuicio de la víctima para que falle, dude, trabaje mal o cometa errores. Entonces, las personas comienzan a ser sombras de lo que fueron. En ese momento, el efecto del acoso es presentado por el hostigador como el hecho que confirma todo lo que afirmaba sobre esa persona", describe Piñuel. Según datos que maneja este psicólogo, las mujeres tardan una media de 15 meses en percatarse de que están siendo víctimas de acoso moral, mientras que los hombres necesitan 18 meses.

José Luis González de Rivera y Revuelta, Catedrático en Psiquiatría y autor de "El maltrato psicológico" (Espasa-Calpe), afirma que se produce un cambio en la personalidad y manera de entender la vida de los afectados, porque observan que su esfuerzo para progresar en el trabajo no sirve, lo que provoca desilusión, desencanto, la pérdida de la capacidad de superación y una crisis psicológica profunda. "El acoso sigue un curso crónico: primero provoca incapacidad psicológica, con cuadros depresivos, después cambios de carácter. La persona se vuelve hostil y desconfiada, lo que en lenguaje popular se llamaría amargada".

En los dos últimos años, informa Piñuel, las víctimas de acoso moral han tenido 20 días de baja laboral más que las personas que no lo han sufrido. Incluso se dan casos en los que el afectado enferma físicamente y contrae cardiopatías, infartos o fibromialgias debido a los momentos de extrema tensión que vive. "Es una situación de imposibles: deben trabajar para ganarse la vida pero cuando lo hacen, les machacan y les hacen vivir como en un campo de concentración", expresa Piñuel.

¿Enfermos sin causa?


Los pacientes con trastorno somatoforme presentan síntomas que sugieren un problema de salud aunque no existen datos objetivos que lo demuestren

El trastorno somatoforme constituye aproximadamente el 25% de consultas nuevas en atención primaria en España. Mareos, dolor torácico inespecífico, cefaleas y cansancio suelen ser algunos de los síntomas más típicos, casi en el 80% de las somatizaciones. Los expertos lo culpan del 10% del gasto sanitario en los países desarrollados y, aunque reciban la atención adecuada, los pacientes refieren un gran sufrimiento. Por otro lado, los profesionales de la salud explican que a menudo les genera frustración no disponer de las herramientas que les permitan manejar a estos pacientes y los síntomas que presentan.


El término trastorno somatoforme es relativamente nuevo y se aplica para denominar el conocido como psicosomático. En la globalidad de los trastornos somatoformes, el paciente explica multitud de síntomas que no pueden clasificarse como enfermedad orgánica. El trastorno de somatización, el trastorno de conversión y la hipocondría están dentro del paquete de trastornos somatoformes. Pese a que los especialistas no llegan a un acuerdo acerca de la validez de estas categorías diagnósticas, sí admiten que esta distinción sirve para describir la amplia variedad de síntomas que presentan estos pacientes. Los trastornos somatoformes generalmente no tienen una explicación clara y, debido a que no se conoce bien por qué ni cómo se desarrollan, no hay modelos de tratamiento concretos y consensuados.
Con diferencias

El trastorno por somatización, que suele presentarse antes de los 30 años, se caracteriza por la presencia de síntomas que se enmarcan en la ansiedad y depresión, con un alto grado de sugestión y búsqueda de atención del círculo familiar y social de los que, además, obtiene cierta comprensión. Todo ello hace que establezca relaciones basadas en quejas que se cronifican como forma de ser de la persona. Con la edad, este trastorno se hace más evidente.

La hipocondría, otro de los trastornos somatoformes, consiste en la sensación de miedo o creencia de tener una enfermedad grave a partir de la interpretación personal de síntomas físicos que el afectado considera pruebas irrefutables. Y aunque las pruebas diagnósticas indiquen lo contrario, el paciente persiste en la creencia de sufrir una enfermedad grave. Aunque parezca lo contrario, estos pacientes no presentan ideas delirantes porque son conscientes de que posiblemente exageren en la dimensión del problema. La hipocondría puede presentarse de dos formas: el individuo que presenta crisis de angustia y teme morir, y el que, obsesionadamente, persigue la confirmación de su enfermedad. Este último se suele dar en edades más avanzadas, en oposición al primero.

El sufrimiento, aún sin causa orgánica que lo justifique, puede ser tan severo que deteriora la capacidad de la persona para desenvolverse en su actividad diaria

El trastorno de conversión es una alteración o pérdida de función física que sugiere una enfermedad física aunque el desencadenante es un factor estresante psicológico o un conflicto. La presencia de síntomas como parálisis, anestesia, afonía, sordera, amnesia, debilidad, dificultad respiratoria, palpitaciones, crisis de ansiedad, pérdida de peso, hinchazón abdominal, diarrea o estreñimiento o vómitos no intencionados son característicos de este trastorno.

En el trastorno dismórfico corporal, la preocupación del paciente se basa en algún defecto imaginario en su apariencia. Si existe una leve deformación, la preocupación es claramente excesiva. El trastorno de dolor, antes conocido como dolor somatoforme, es uno de los motivos más habituales por los que los pacientes acuden a la consulta médica. El sufrimiento, aún sin causa orgánica que lo justifique, puede ser tan severo que deteriora la capacidad de la persona para desenvolverse.
Psicoterapia y familia

Los especialistas señalan que es necesario un abordaje terapéutico específico del paciente que presenta somatizaciones para entenderle y aliviarle el sufrimiento. Como pacientes crónicos que son, no se pueden esperar curaciones espectaculares. Uno de los mayores problemas es el estrés que les genera el sufrimiento de los síntomas. Debido a ello, puede ser de gran ayuda enseñarles a prevenirlo y detectarlo en sus fases más precoces, utilizando terapias que sirvan para gestionarlo. También es importante facilitarles información adecuada dirigida a aumentar el conocimiento de su enfermedad y animarles a realizar ejercicio físico y actividades de ocio aunque persistan los síntomas.

La familia es parte fundamental del tratamiento de estos pacientes. Los terapeutas indicarán pautas para conseguir una reestructuración de las relaciones familiares con el fin de que los síntomas del paciente sean interpretados y contenidos de manera distinta. Además, reestructurar la personalidad del paciente mediante psicoterapia es, habitualmente, un proceso largo y costoso. Los expertos insisten en invertir tiempo no sólo en el fomento de los aspectos positivos de la persona sino también en los síntomas que son foco de su atención.

Para los profesionales de la salud es todo un reto tratar a estos pacientes y se hace necesario un abordaje específico que permita entenderlo y aliviarlo. La somatización es con frecuencia un diagnóstico de exclusión. Para los especialistas es todo un éxito cuando el paciente disminuye las visitas a centros de urgencias, se reducen los procedimientos cruentos y, ante todo, se consigue disminuir el sufrimiento.

La Fototerapia


El tratamiento con luz artificial ayuda a combatir la depresión mediante lámparas fluorescentes que simulan la luz del sol

La depresión puede estar relacionada con el descenso de las horas de luz. Estaciones como el otoño o el invierno, en las que las noches son más largas y los días más cortos, favorecen un estado de ánimo bajo, como consecuencia de una mayor producción de melatonina u hormona del sueño. Esta enfermedad, denominada Trastorno Afectivo Estacional y que afecta al 20% de la población, puede combatirse con medicamentos antidepresivos, psicoterapia y una técnica, aún novedosa en España, llamada fototerapia. El objetivo es exponer al paciente cada día a la acción de una luz artificial fluorescente, que simula la luminosidad de un día soleado y aumenta la producción de serotonina, la hormona de la actividad. El tratamiento puede realizarse en la consulta del psicólogo o en el propio hogar, puesto que estas lámparas son de venta libre, pero conviene contar con el asesoramiento médico y recordar que, pese a los buenos resultados, nada sustituye a la luz del sol.
Por AZUCENA GARCÍA
16 de mayo de 2006
Beneficios

En otoño e invierno las horas de luz natural disminuyen considerablemente y se incrementan los casos de depresión. Se calcula que un 20% de la población experimenta este decaimiento del ánimo, conocido como Trastorno Afectivo Estacional (TAE), y que afecta de un modo severo a un tercio de ese porcentaje y de una forma más leve a los dos tercios restantes. El TAE se caracteriza, además de por la depresión, por una gran irritabilidad, pérdida de energía, estrés, cefaleas, aumento del sueño, aumento del apetito y, en consecuencia, incremento del peso. Esta patología influye en los sistemas endocrino, nervioso e inmune del ser humano y se da, sobre todo, en mujeres de 20 a 30 años y en países nórdicos, como Finlandia o Noruega, con inviernos prolongados. En estos países las tasas de suicidios son más elevadas.

Psiquiatras y psicólogos, encargados del tratamiento de estos pacientes, recurren a los antidepresivos y a la psicoterapia (terapia de conversación) para aliviar y curar la enfermedad, pero, desde hace poco más de cuatro años, utilizan también la fototerapia, una técnica que se basa en la exposición del paciente a una luz artificial blanca y brillante, que simula la natural y que consigue, según el arquitecto gerente de JCC Gabinete de Calidad Ambiental, Carlos M. Requejo, «una poderosa influencia en los neurotransmisores cerebrales que modifica la atención, el humor y el comportamiento, altera la salud humana y afecta al rendimiento laboral». «Habitualmente», asegura el experto, durante el invierno pasamos hasta el 80% del tiempo en entornos cerrados debido al frío y a la escasez de luz «con lo que nos deprimimos y rehuimos cada vez más el salir al exterior».

El objetivo de la fototerapia es hacer creer al organismo que es de día y estimular, por lo tanto, la producción de neurotransmisores cerebrales como la serotonina (hormona de la actividad) y la dopamina (hormona de la atención), en detrimento de la melatonina (hormona del sueño), que además provoca un descenso de la temperatura corporal y cuya producción aumenta con la oscuridad.

El objetivo de la fototerapia es hacer creer al organismo que es de día y estimular la producción de neurotransmisores cerebrales asociados con los niveles de atención y actividad

Según un informe de los expertos en luminoterapia Carlos Sierra, Josep Masbernat y Cristina Camps «la luz o la oscuridad informan al cerebro para que segregue o deje de liberar las hormonas responsables del funcionamiento del organismo». Una de las más importantes es la melatonina, que se libera entre las nueve de la noche y las ocho de la mañana. Por consiguiente, la ausencia de luz puede prolongar la secreción de esta hormona, lo que disminuye la temperatura corporal y obliga a compensar esta situación con la ingesta de calorías, ya sean dulces o carbohidratos. «Al aumentar la melatonina, disminuye la serotonina en el cerebro, y con la reducción del nivel de este neurotransmisor se llega a la depresión. En personas predispuestas bastan dos semanas de insuficiencia de luz para alcanzar este estado depresivo», añade el informe.

Aunque nada sustituye al sol, tal y como recuerda Requejo, la luminoterapia está difundida y muy popularizada, sobre todo en los países nórdicos, donde la ausencia de luz solar es frecuente y «donde está demostrado que los pacientes depresivos experimentan mejoría bajo el influjo de las lámparas», asevera el psicólogo clínico y especialista en fototerapia Xavier Conesa, del Centro Psicológico y de Especialidades de Mollet. Para éste, la terapia lumínica «es eficaz» en el tratamiento de la depresión estacional, aunque apunta que en la actualidad también se investiga su utilidad en la enfermedad bipolar, la bulimia o el jet lag, trastornos que alteran el reloj interno del cuerpo. «Se trata de normalizar la producción de neurotransmisores sin recurrir a sustancias químicas, con un tratamiento que puede iniciarse en otoño e invierno y prolongarse hasta la llegada de la primavera», cuando los días comienzan a ser más largos. No obstante, añade, «hay que recordar que la mejor terapia es disfrutar de la luz natural y de paseos al aire libre, e intentar practicar ejercicio en un entorno abierto y en contacto con la naturaleza».

El Descalificador


Existe gente que disfruta descalificando a otro como si le complaciera poner en evidencia sus defectos o ineficacias y además, sin motivo aparente.

Es difícil saber por qué lo hacen, pero es probable que lo que busquen es disminuir la autoestima del otro para de esta forma poder destacarse.

La actitud de un descalificador es la crítica constante, juzgar por cualquier acción o inacción.

Estas personas se manejan con dobles mensajes ambivalentes, o sea que son capaces de confundir alabando un día y al día siguiente rebajando a su víctima sin ninguna piedad; pudiendo llegar a actuar con crueldad y jugar con sus sentimientos, tratando de hacerse indispensables para lograr con sus artimañas hacer que el otro se sienta inseguro y dependa de ellas.

La relación con un descalificador resulta muy peligrosa porque lo que intenta es tomar el control y tener el poder.

Es posible reconocer las señales de alguien con estas características y aprender las conductas adecuadas para evitar ser dañados.

Se puede descubrir la forma en que operan y anular sus intenciones con inteligencia, porque el descalificador simula ser amistoso pero esa actitud es una máscara. Parece que se interesa en su víctima pero por otro lado está tramando aprovecharse de ella.

Suele ser irónico y manejarse con indirectas para descolocar al otro y hacerlo dudar de lo que está haciendo, desalentando cualquiera de sus iniciativas o proyectos y observando todo con cuidado para tener más elementos para el posterior ataque.

Es así como termina socavando la autoestima de su víctima para poder agrandarse y superarla.

Siempre parecerá que quiere apoyarla pero volverá a la carga recordándole los puntos débiles que teme para que no los olvide; aumentando el valor de sus errores o fracasos y minimizando sus logros.

Su comportamiento parecerá angelical pero estará dispuesto a atacar ni bien tenga la oportunidad.

El descalificador es el sabelotodo, el autosuficiente, el que siempre tiene razón, el que puede amargar la vida a cualquiera y hacerlo infeliz con su sola presencia.

Todos alguna vez hemos tenido alguien así cerca y hasta ellos también lo han tenido. A estas personas no hay que darles espacio para actuar ni dejar que participen en los propios planes, porque siempre tendrán algo que objetar y se deleitarán presenciando nuestro fracaso.

Con el tiempo, no es raro que se vuelvan más y más agresivas, principalmente cuando se dan cuenta que están perdiendo poder y control; y hasta pueden terminar sufriendo una depresión grave.

Este hábito de descalificar a otro es contagioso y son las personas que han sido descalificadas sistemáticamente en su vida las más propensas a adoptar esta actitud; porque todo descalificador ha sido alguna vez una víctima y es la forma patológica que aprendieron para relacionarse.

Se puede vencer a un descalificador si uno no se presta a su juego, no lo contradice ni reacciona ante sus juicios. Lo mejor será intentar acercarse a él y ponerle buena cara para disminuir la tensión, cambiando de tema, no para lograr su amistad sino para inhibir cualquier ataque.

Nadie tiene poder sobre nosotros, sólo pueden tenerlo si se lo concedemos.

Fuente: “Gente Tóxica”, Bernardo Stamateas.

Las manías, ritos que esclavizan


Si se necesita hacer las cosas de una manera rutinaria, bajo un nivel de ansiedad muy elevado, se está cautivo de una manía patológica

¿A quién no le ha asaltado alguna vez la manía de no pisar las líneas de las baldosas cuando pasea por la calle? Fijarse en las matrículas de los coches, contar filas de butacas, volver una y otra vez a comprobar si los grifos no gotean, si la luz está apagada o la puerta bien cerrada... Todas ellas son pequeñas manías que llevadas a un extremo pueden convertirse en un problema serio para quien los sufre y para su relación con quienes le rodean. De tener una tendencia extravagante se puede pasar a estar sometido a conductas compulsivas, es decir, a sentir una necesidad imperiosa de realizar una acción más allá la propia voluntad.

La existencia de ciertas manías es algo normal. El problema surge cuando comienzan a coartar el tiempo y la estabilidad de la persona y convierten en problemática la convivencia con ella. La comprobación del gas no es negativa, pero hacerlo tres, cuatro veces o más, aun después de ver que no estaba abierto, empieza a ser para la persona un problema cada vez más angustiante. De hecho, estas manías suelen ir acompañadas de otras similares, por lo que la vida cotidiana acaba plagándose de comportamientos ritualizados.

La primera sorprendida y molesta por el ritual de las manías es la persona que las tiene. No se explica por qué le sucede ni de dónde le viene. Siente que no puede vivir sin someterse a esos rituales y se sabe esclava de ellos. ¿Por qué se ha convertido en una maniática? En unos casos deriva de personalidades obsesivas, de motivos inconscientes o hábitos culturales aprendidos, pero la mayor parte de las veces no se llega a saber por qué se padecen. Lo que sí es común es un cierto grado de rigidez en la estructura de la personalidad, una rigidez que puede llegar a atormentar a la persona y dificultar sus relaciones sociales. Si se preguntara al maniático para qué lo hace, cuál es el objeto de sus actos, no sabría contestar. Sin embargo, sí es consciente de que sólo se queda tranquilo si cumple con su rito, pues sólo así calma su ansiedad. Lo que sucede es que también consigue sacar de quicio a los que le rodean, que sufren su ansiedad pero no la calman.
¿Hay personas o momentos de la vida más proclives a las manías?

Parece ser que las manías o los rituales de comportamiento son más frecuentes:
En personas primarias y de escaso nivel cultural - y no es siempre lo mismo tener estudios, fama o nivel económico que tener cultura-, los amuletos, las estampitas, los gestos estereotipados pueden determinar sus actos.
En personas mayores. A medida que una persona se va sintiendo mayor, el temor a la propia inseguridad le impulsa a aferrarse a hábitos rígidos, que convierten en inflexibles: la hora de comer, la de leer, la de pasear, la de...
Las personas acostumbradas a vivir solas se han ido elaborando su propio espacio vital plagado de costumbres, usos y hábitos. Mientras no se vayan a poner en común por medio de la convivencia circunstancial o continua con otra u otras personas, no hay problema. Pero para convivir es necesaria la flexibilidad y algo de renuncia de las propias costumbres.
Personas muy ordenadas, perfeccionistas y proclives al escrúpulo en el trabajo pueden convertir un buen hábito en comportamientos inflexibles, es decir, en manías.
Las personas extravagantes suelen tener sus rarezas, pero no tienen por qué ser manías, y menos patológicas.
¿Hay manías o rarezas más frecuentes que otras?

Casi podría decirse que existen tantas como tipos de personas. Pero si hubiera que hacer algún tipo de clasificación, se harían presentes la imposición exagerada de orden, la limpieza, los escrúpulos, la necesidad de seguridad y el perfeccionismo.
Manías relacionadas con el orden
Necesidad de que todas las cosas de la casa estén en su sitio. El orden en el hogar es positivo, pero cuando se comprueba y se exige que cada objeto ocupe su espacio y si no sucede así se sufre ansiedad y conflicto, se padece una manía.
La tendencia a colocar los objetos de manera simétrica y alineada.
La preocupación por hacer recuentos una y otra vez, por la necesidad de numerar y clasificar.
La rigidez extrema con la puntualidad propia y ajena.
Manías en torno a la limpieza, los escrúpulos y la salud.
Miedo irracional a enfermar que conduce a tomar precauciones exageradas, a visitar herboristerías, a acudir a médicos por síntomas leves, a consultar curanderos, a protegerse con temor de las corrientes, de los contagios, de todo lo que se atisba como un peligro.
Necesidad de lavarse continuamente las manos o la boca.
Temor a tocar cosas que hayan tocado otros.
Aversión a dar la mano a otras personas.
Costumbre compulsiva de limpiar una y otra vez la casa.
Miedo exagerado a contaminarse con productos alimenticios y sus componentes.
Asco de las propias secreciones corporales.
Manías relacionadas con la seguridad
Tendencia a comprobar una y otra vez que puertas, ventanas, grifos, llaves, luces están debidamente cerrados o apagados.
¿Cómo se sabe si una persona padece una manía patológica?

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la American Psychiatric Asociation señala unos criterios para el diagnóstico del trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad relacionado con los ritos compulsivos.

La aparición de cuatro o más de los siguientes síntomas puede ser motivo consulta a un profesional.
Preocupación por los detalles, las normas, las listas, el orden, la organización o los horarios hasta el punto de perder de vista el objeto principal de la actividad.
Perfeccionismo que interfiere en la finalización de las tareas. Se es incapaz de acabar un proyecto porque no cumple sus propias exigencias.
Dedicación excesiva al trabajo y a la productividad con exclusión de las actividades de ocio y las amistades (no atribuible a necesidades económicas evidentes).
Excesiva terquedad, escrupulosidad e inflexibilidad en temas de moral, ética o valores.
Incapacidad de tirar los objetos gastados o inútiles, incluso cuando no tienen un valor sentimental.
Recelo a delegar tareas o trabajos en otros, a no ser que éstos se sometan a su manera de hacer las cosas.
Parquedad en los gastos propios y ajenos; el dinero se considera como algo que hay que acumular en previsión de catástrofes futuras.
Rigidez y obstinación de carácter.

La hiperactividad en adultos


El Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad es un desconocido para la ciencia y, a pesar de ser una patología que se diagnostica y trata desde hace muchos años, aún no se ha encontrado la clave para conocer las causas que lo originan

Aún no se ha encontrado la clave para conocer las causas que originan este trastorno.

Según explica Concepción Etiens Cruzado, psicóloga clínica de la Clínica Arga de Madrid, parece que existe una disfunción del lóbulo frontal y, desde el punto de vista neuroquímico, una deficiencia en la producción de importantes neurotransmisores cerebrales. Éstos son sustancias químicas que producen las neuronas, es decir las células nerviosas y para que se produzca una buena comunicación entre las neuronas y todo funcione normalmente debe existir la cantidad adecuada de determinados neurotransmisores, en este caso de dopamina y la noradrenalina. En las personas que padecen TDAH, según señala la psicóloga, "lo que se observa es que existe una producción irregular en estos dos neurotransmisores".

Pero además, como indica Cristina Weddle, del gabinete de psicología Previ, de Valencia, existe una combinación de factores, tanto biológicos como ambientales, que pueden ayudar a explicar por qué se padece el TDAH:

Factores biológicos: El temperamento de la persona, que influye en su actitud y personalidad; lesiones cerebrales debidas a un trauma de nacimiento o a problemas prenatales. Además, el consumo materno de alcohol y drogas e incluso de tabaco predispone a padecer este trastorno. Y si el padre o la madre ha padecido el síndrome, sus hijos tienen un riesgo del 44% de heredarlo.

Factores del entorno: Entre ellos destacan el estrés familiar y las dificultades educativas. Las psicopatologías paternas, un bajo nivel económico, la marginalidad… un entorno inestable puede agravar de manera significativa el trastorno.

Teniendo en cuenta que estos factores afectan a una gran cantidad de población y no todos padecen el TDAH, la psicóloga Asunción Pérez, del madrileño gabinete Avance Psicólogos, argumenta que en la mayoría de los casos se trata de un modo de comportamiento aprendido, salvo casos excepcionales, como la presencia de un tumor cerebral. Sea de uno u otro modo, ¿cómo puede reconocerse al adulto que padece esta patología, cuáles son sus síntomas?

El maltrato psicológico


Los malos tratos psíquicos representan un fenómeno viejo, lo novedoso es su denuncia como problema social

El maltrato psicológico se basa en comportamientos intencionados, ejecutados desde una posición de poder y encaminados a desvalorizar, producir daño psíquico, destruir la autoestima y reducir la confianza personal. Su padecimiento lleva a la despersonalización, al mismo tiempo que genera dependencia de la persona que los inflige. El maltratador se vale para ello de insultos, acusaciones, amenazas, críticas destructivas, gritos, manipulaciones, silencios, indiferencias y desprecios.

En la esfera de lo privado, aunque los hombres también lo sufren, las mujeres son las víctimas mayoritarias. Se produce asimismo en la relación de los padres con los hijos, en la que se ha detectado un incremento del maltrato de los hijos sobre sus progenitores, consecuencia de una educación cada vez más permisiva y del uso de la violencia en los conflictos del mundo de los adultos. En el ámbito público, el maltrato psicológico está presente en el mundo laboral, el conocido como "mobbing", y en el escolar, el llamado "bullying".
La mujer, principal víctima

Los malos tratos psicológicos son un fenómeno viejo. Lo que resulta novedoso es su denuncia como problema social. Los sufren mujeres de todas las edades, grupos sociales y económicos, culturas y países. Su gran incidencia, la gravedad de las secuelas, el alto coste social y económico, y en especial la degradación que produce la violación del derecho de las personas a ser tratadas como tales y al respeto que merece toda existencia humana los convierten en una cuestión de gran relevancia pública.

No son tan visibles ni manifiestos como los físicos. De hecho, en muchas ocasiones la propia víctima no es consciente de ellos hasta que sufre una agresión corporal, pero sus consecuencias pueden ser más graves y duraderas en el tiempo.

En ocasiones, la propìa víctima no es consciente de estos maltratos hasta que es agredida físicamente

Las agresiones continuadas, tanto verbales como no verbales (el silencio, la indeferencia, los gestos...), crean una relación siniestra de dependencia entre el maltratador y la víctima. Ambos terminan necesitándose. La víctima porque sola siente que no es nadie y el miedo y la angustia la paralizan, y el maltratador porque se siente que es alguien a través de la dominación que ejerce. La situación de dependencia es tal que la víctima termina protegiendo y disculpando al maltratador. Recorre hasta ahí un proceso destructivo en el que va perdiendo la confianza en sí misma y la capacidad de respuesta, se va anulando y va interiorizando que de allí no se sale y abandona toda esperanza.
Poder asimétrico

En la raíz de la violencia contra las mujeres se evidencia la asimetría de poder que ha propiciado el sistema patriarcal y machista imperante, y que ha llevado a un abuso con la persona más desfavorecida en este esquema, la mujer. Por ello, los expertos inciden en no presentar el problema como si fuera "de las mujeres", ya que si bien son ellas quienes los sufren, se trata de una dificultad de la que los varones han de ser conscientes y deben trabajar por superarla.

El psicoterapeuta Luis Bonino, especialista desde hace más de tres lustros en masculinidad y relaciones de género, ha elaborado una clasificación que identifica conductas para intentar conseguir la dominación:
intimidación.
Toma repentina del mando: tomar decisiones sin consultar, monopolizar.
La apelación al argumento de la lógica y la "razón" para imponer ideas o elecciones.
La insistencia abusiva, a fin de obtener por agotamiento lo que desea a cambio de un poco de "paz".
El control del dinero.
El uso expansivo del espacio físico.
La maternalización de la mujer, es decir, la creación de condiciones para que ésta dé prioridad al cuidado de las otras personas.
La manipulación emocional, que genera en la mujer dudas sobre sí misma y propicia sentimientos negativos y de dependencia.
Las descalificaciones que conllevan la indefensión.
La desautorización y desvalorización que generan sentimientos de inferioridad.
El paternalismo desde el que se trata a la mujer como si fuera una niña.
La falta de intimidad.
El distanciamiento. Las mentiras, el incumplimiento de promesas...
La autoindulgencia con la que elude el maltratador su propia responsabilidad.
El intento de generar lástima a través de comportamientos autolesivos o amenazas de suicidio.
Retrato de una mujer objeto de maltratos psicológicos

Síntomas y manifestaciones
Dolores de espalda y articulaciones.
Irritabilidad.
Cefaleas.
Insomnio.
Fatiga permanente.
Tristeza, ánimo deprimido y ganas de llorar sin motivo aparente.
Ansiedad y angustia.
Inapetencia sexual.

Actitud
Sensación de vergüenza.
Sentimiento de culpa.
Temor generalizado.
Mantenimiento de una mirada huidiza.
Dejadez social y escasez comunicativa: explicaciones vagas y confusas.

El Síndrome de Peter Pan


Los adultos incapaces de crecer camuflan bajo esta actitud importantes carencias emocionales

Son adultos sólo en apariencia porque su actitud continúa siendo la de alocados niños y adolescentes que no se responsabilizan de sus actos. Las personas que padecen el síndrome de Peter Pan o de Inmadurez Emocional son incapaces de crecer, y su alegría y seguridad suelen ser una máscara que esconde su inseguridad y temor a no ser queridos. Aunque difícil de solucionar porque es un problema que no reconoce quien padece el trastorno, puede superarse con terapia psicológica y ayuda de sus parejas o familiares.
Por MARÍA ÁLVAREZ
11 de enero de 2006
Incapaces de crecer

Hijos que nunca creen apropiado marcharse de casa, cuarentones con una vida social típica de un adolescente, amistades y grupos de salida mucho más jóvenes… Se trata de personas que, a pesar de haber alcanzado la edad adulta, son inmaduros emocionales y no quieren o son incapaces de crecer y afrontar las responsabilidades que conlleva la vida adulta. Son personas que padecen el denominado síndrome de Peter Pan, un nombre que se basa en el conocido personaje de la literatura infantil creado por el escocés James Matews Barrie en el año 1904. La primera vez que se utilizó el nombre de Peter Pan, haciendo alusión a un problema emocional fue en el año 1966, cuando el psiquiatra Eric Berne se refirió con este nombre al niño que todo adulto lleva dentro y que está centrado sólo en satisfacer sus propias demandas y necesidades. Casi veinte años más tarde, en 1983, el psicólogo Dan Kiley escribió en un libro en qué consistía el que ya denominaba como "síndrome de Peter Pan". El psicólogo lo aplicaba, tal y como se continúa haciendo en la actualidad, para definir a los adultos que no quieren o se sienten incapaces de crecer. Un año después utilizó el término de "Síndrome de Wendy" para describir a quienes actúan como padre o madre con su pareja o con la gente más próxima, liberándoles de la asunción de responsabilidades.

La infancia es una etapa de felicidad, en la que no se tiene conciencia de la existencia de problemas, ya que otros (padres, maestros, abuelos…) los solucionan por ellos. Hacia el final de la adolescencia, sin embargo, se produce un cambio de mentalidad y una toma de conciencia sobre las responsabilidades que hay que tomar. Cada persona empieza a orientar su vida hacia una determinada dirección, aunque algunos individuos se niegan a superar esta etapa y se resisten a crecer y afrontar responsabilidades de la vida adulta. Según indica la psicóloga María Rodríguez, del Centro psicológico de Estudio y Terapia del Comportamiento de San Sebastián, las personas que padecen este trastorno tienen un cuerpo de hombre con mentalidad de niño. El síndrome de Peter Pan puede darse en ambos sexos, aunque es más frecuente entre los hombres, según explica Concepción Etiens, psicóloga de la clínica Arga de Madrid. El de Wendy, por el contrario, es más frecuente entre mujeres (madres o parejas) que suelen justificar las "niñerías" de estos adultos incapaces de crecer y soportan, e incluso alientan de manera involuntaria, la actitud infantil y enfermiza del Peter Pan de turno.