Obsesionados con el cuerpo


La anorexia y la bulimia son graves trastornos de la alimentación que en la actualidad afecta a una gran cantidad de jóvenes.

El anoréxico tiene apetito pero su miedo a engordar inhibe su necesidad de comer, mientras el bulímico tiene grandes atracones de comida y luego vomita porque se siente culpable por haber comido, llegando también a consumir gran cantidad de laxantes.

El anoréxico pretende vivir sin comer, culpa a los padres de su condición y siente un gran vacío de afecto.

Suelen provenir de familias disfuncionales, con padres separados o con problemas graves de relación, donde la comunicación es nula.

Los padres suelen no darse cuenta de este problema hasta que la situación se hace evidente y se hace necesaria la consulta.

Esta enfermedad se manifiesta con pérdida de peso, fatiga, ausencia de menstruación, tristeza, cambios en el cabello y hasta osteoporosis.

Es una patología propia de esta época en que los jóvenes y también los adultos le rinden culto al cuerpo y ese afán de perfección los lleva a compararse con otros y les distorsiona la percepción del propio cuerpo.

Angélica tiene 29 años y pesa 25 kilos, sin embargo cuando se mira al espejo dice que está gorda. Hace ocho años que está en tratamiento pero aún no ha tomado conciencia de que está enferma y de que su curación depende de aceptarse a sí misma como es y de su firme deseo de curarse.
Mientras tanto continuará sufriendo por la comida y vomitando para no engordar.

Su historia personal revela que los familiares fueron los primeros en señalarle su exceso de peso; y luego la crítica y las burlas se extendieron a sus compañeros y amigos.

De esta manera llegó a convencerse que solamente teniendo un cuerpo delgado será aceptada.

Más allá del problema alimenticio, estas personas tienen un conflicto interno más profundo y una dificultad para crecer y ser un adulto responsable con la capacidad para tolerar la crítica y enfrentar la realidad como es.

A pesar de los esfuerzos que hacen para ser aceptados, su actitud los aleja aún más de los demás y terminan aislados y solos.

El anoréxico elude el verdadero conflicto y se concentra en la comida, que es su peor enemigo y se convierte en una obsesión.

Se compara con los otros y cree que cuando tenga el cuerpo que desea será querido y podrá por fin ser feliz.

Sin embargo, la distorsión que tienen de su propio cuerpo hace que siempre se vea gordo, aún cuando su apariencia haya llegado al límite de la delgadez; porque esa imagen fantaseada es la que cree que los otros tienen de él.

La anorexia es una enfermedad que sufren más las mujeres que los hombres en una proporción de 10 a 1, mientras que en la bulimia la proporción es de 4 a 1.

Esta patología tiene un alto índice de mortalidad, por suicidio o inanición, sin embargo el 50% de los anoréxicos y el 60% de los bulímicos finalmente pueden salir a flote; aunque su temor a engordar puede demorar en desaparecer.

En Argentina se registra el mayor índice de anoréxicos del mundo y en México en la actualidad, esta enfermedad muestra un crecimiento de un 700%.

Fuente: Documental de Natgeo, “La obsesión del cuerpo”

Aprendamos a comunicarnos entre padres e hijos


¿Alguna vez ha tenido un jefe que lo regaña por todo y no le reconoce su trabajo? ¿Ha tenido un empleado que llega tarde o no atiende su oficio? Y, se pregunta en cada caso: ¿Cómo hablar con su jefe para que le trate bien o qué decirle a su empleado para que cambie de actitud? ¿Cómo debemos comunicarnos?

Bueno, esta situación sucede exactamente igual con nuestros hijos: No sabemos como hablar con ellos y como establecer las normas del hogar. Ellos, por su parte, sienten que no son tomados en cuenta y que les quieren imponer reglas sin explicación alguna.

Cómo comunicarnos con los hijos

Nuestros hijos sienten tensiones, problemas con los amigos, estrés, tristezas y alegrías y necesitan la opinión de sus seres mas admirados. Para lograr que se establezca esta comunicación es inevitable observar su comportamiento, aprender a conocerlos. A intuir y saber si están sensibles, irritables, tristes o enamorados. Con mucha frecuencia hasta ellos mismos se sienten confundidos, se muestran callados y necesitan que les aclaren sus emociones. La mejor forma de hacerlo, es oírlos y sentirlos, sin críticas ni juicios. Debemos ponernos en lugar de ellos recordando que también tuvimos su edad y entonces nos sentimos incomprendidos cuando también hicimos nuestras travesuras.

Si de normas en el hogar se trata, es preciso que se establezcan reglas claras y consecuencias para su incumplimiento. Lo mejor es dejar que participen y lograrlas de común acuerdo. Se asombraran de lo que piensan sus hijos cuando se les pide su opinión y se establezcan los compromisos con ellos.

Como comunicarnos con los padres.

Cuando pensamos en nuestros padres los situamos muy distantes, como si ellos no supieran de qué se tratan nuestras vidas ni de lo que esta sucediendo. Es común escuchar la pregunta ¿Cómo les cuento esto a mis padres? Pues muy sencillo: ¡Hablando! Preguntándoles su opinión ante determinado tema, no necesariamente de algo que nos este pasando, sino de situaciones generales, también consultándoles de nuestro pasado y el de nuestra familia. Allí descubriremos de donde venimos y cuales son nuestras raíces e iremos abriendo canales de comunicación y averiguando que ellos de repente no opinan tan distinto de nosotros. Así muy rápidamente estaremos hablando de adulto a adulto y estableciendo un respeto en la relación. No esperemos a sentirnos como extraños con nuestros seres más queridos, nuestros padres y nuestros hijos. Abramos ese mundo mágico que se llama la comunicación.

"¿Cómo debemos comunicarnos entre padres e hijos? Pues muy sencillo: ¡Hablando! Preguntándoles su opinión, conversando y abriendo ese mundo mágico como lo es la comunicación familiar."

La resilencia


La psicología y la ingeniería de materiales, aunque pueda parecer extraño, tienen algo en común: el término resiliencia. Esta palabra hace referencia al fenómeno por el que los cuerpos retornan a su forma inicial después de haber sido sometidos a una presión que los deforma.

La creatividad , el sentido del humor y la independencia ayudan a superar contratiempos

El concepto se ha aplicado a la psicología para descubrir por qué niños y niñas que viven en la miseria, o personas que experimentan situaciones límites son capaces, no sólo de superar las dificultades, sino incluso de salir fortalecidas de ellas. Logran resistir, sobrevivir y acceder a una vida productiva para sí y para su sociedad.
La resiliencia es una capacidad que se manifiesta:
Frente a la destrucción, mostrando una gran facultad de proteger la propia integridad bajo presión.
Frente a la adversidad, estableciendo una actitud vital positiva pese a circunstancias difíciles.
Rasgos que potencian la resiliencia de las personas

La vida diaria está sujeta a acontecimientos duros: la muerte de un ser querido, una enfermedad complicada, experiencias laborales difíciles, problemas serios de relación de pareja, la soledad, el aislamiento social, la competitividad por ocupar un puesto, el desempleo, los problemas económicos... Ante estas situaciones las personas reaccionan de distinta manera según su grado de vulnerabilidad, o dicho de una manera más actual: según su grado de resiliencia.

Hay rasgos que potencian esa habilidad.
La introspección: Faculta a la persona a entrar dentro de sí misma, a observarse, reflexionar y hacerse preguntas. Ayuda a preguntarse a sí mismo y darse una respuesta honesta.
La independencia: Ayuda a establecer límites entre uno mismo y los ambientes adversos. Potencia el establecimiento de una distancia emocional y física ante determinadas situaciones, sin llegar a aislarse.
La iniciativa: Capacita para afrontar los problemas y ejercer control sobre ellos.
El humor: Conduce a encontrar el lado cómico en las situaciones adversas.
La creatividad: Lleva a crear orden y belleza a partir del caos y el desorden. En la infancia se expresa en la creación y los juegos que son las vías para disfrazar la soledad, el miedo, la rabia y la desesperanza.
La moralidad: Invita a desear una vida personal satisfactoria, amplia y con riqueza interior. Incluye la conciencia moral, el compromiso con valores y la separación entre lo bueno y lo malo.
La habilidad para establecer lazos íntimos y satisfactorios con otras personas. Capacita a brindarse a otros y aceptarlos en la propia vida.
Factores que favorecen la resiliencia
Apego parental. Los estudios realizados destacan que una relación cálida, nutritiva y de apoyo, aunque no tiene por qué ser omnipresente, con al menos uno de los padres, protege o mitiga los efectos nocivos de vivir en un medio adverso. Es decir, se precisa una relación emocional estable con al menos uno de los padres, o bien alguna otra persona significativa.
Desarrollo de intereses y vínculos afectivos externos. Las personas significativas fuera de la familia favorecen la manifestación de comportamientos resilientes cuando, por ejemplo, en la propia familia se viven circunstancias adversas. Se trata de que haya algún tipo de apoyo social desde fuera del grupo familiar.
Clima educacional sincero y capaz de establecer límites claros en la conducta.
Modelos sociales que motiven poder enfrentarse de manera constructiva a las adversidades.
Vivir experiencias de autoeficacia, autoconfianza y contar con una autoimagen positiva.
Tener posibilidad de responder de manera activa a situaciones o factores estresantes.
Asignar significados subjetivos y positivos al estrés, describiendo a las crisis como la oportunidad de ofrecer respuesta a las circunstancias adversas.
A cualquier edad se puede cambiar

Las habilidades y los factores que potencia la resiliencia se muestran de una manera desigual en los distintos tipos de personalidades, pero se puede trabajar para lograr potenciar los rasgos que conducen a gozar de esta capacidad de superarse. La mayor dificultad a la que nos enfrentamos cuando se busca esa mejora es la convicción de que no se puede cambiar. Nos escudamos en afirmaciones como "es que yo soy así", "cada cual es como es", "a mis años yo ya no puedo cambiar". Éste es el gran error. Más o menos, a cualquier edad se puede cambiar si uno se lo propone.

Nunca es tarde para hacer el correspondiente cambio de las propias actitudes, entrenándose en técnicas de modificación del pensamiento, aprender a interpretar los acontecimientos de otra manera, recuperando la capacidad de reflexionar sobre sí mismo, trabajándose la valoración de la propia personalidad, adquiriendo habilidades sociales como la asertividad, aprendiendo a hablar positivamente... Para todo ello se puede contar con profesionales de la psicología a los que se debe acudir no sólo cuando se padecen crisis emocionales o psicopatologías, sino cuando alguien quiere entrenarse para vivir adecuadamente cada acontecimiento vital.

La resiliencia, la capacidad para resistir y no venirse abajo, para salir airosamente de los baches, si es posible con más bríos aún, también se aprende.
El aprendizaje es posible

La resiliencia la podemos favorecer en nosotros mismos y, en especial, en la educación de las personas sobre las que tenemos influencia, sobre todo si son niños o niñas.

Es cierto que hay condiciones personales que tienen mucho que ver con los factores hereditarios, pero no cabe ninguna duda de que la personalidad se educa. Los hijos no se improvisan. Es un error decir "este niño ha salido en el genio a su padre" o "esta niña tiene el carácter de su abuela" a quien no conoció. Los niños y niñas que viven en condiciones de marginalidad y gozan de las características que les hacen ricos en resiliencia no la "heredaron" genéticamente. La vida, las circunstancias, el entorno les educaron.

Por eso, es importante afirmar que es posible educarse y educar en la resiliencia. Es posible cambiar actitudes en sí mismo y en otras personas.

Madrastras y Padrastros


La relación entre los padres adoptivos o sustitutos y los hijos son complejas y tienden a ser dificultosas. Desde los cuentos de los hermanos Grimm hasta las telenovelas, la figura de la madrastra o del padrastro, de una manera u otra, han estado asociados a formas de comportamiento despreciables. La madrastra o el padrastro es el villano de la película.

Estas percepciones han obligado a sustituir estos términos por el de madres o padres adoptivos o sustitutos, con la idea de no asignarles a ellos las imágenes y significaciones peyorativas mencionadas.

Uno de los problemas que se presentan es que el hijo, cuando ha perdido a alguno de sus padres, trata de mantener los recuerdos felices que vivió en compañía del papá o mamá, ahora ausente. Además, la apreciación que previamente existía sobre su padre o madre, fuera buena o no, con el tiempo la va idealizando y se le hará complicado a la mamá o papá adoptivo, competir con esa valoración.

Hay que recordar que cuando se va la madre o el padre, los hijos pasan por un penoso duelo, por lo que a pesar de todas las circunstancias por las cuales hayan pasado, la madre o el padre debe trabajar junto con los hijos este proceso; comunicándose y manejando las fuertes emociones que se expresarán. Una vez superado juntos este duelo como familia es que se podría trabajar conjuntamente la incorporación de la nueva pareja si se presenta esta situación.

Cuando a la persona que ha quedado sola se le da la oportunidad de convivir nuevamente con una pareja, tendrá que buscar las mejores fórmulas para que crezca este amor tomando en cuenta la opinión y los sentimientos de sus hijos. Lo mejor será que esta nueva pareja goce de la aceptación y aprobación de los muchachos o niños. Se debe evitar, hasta donde sea posible, imponer la situación, sobre todo si ha pasado poco tiempo.

Una vez que se cuente con la aprobación de los hijos, ganada con paciencia y un prudente lapso de acercamiento entre el futuro miembro de la familia y ellos, habrá que fijar las reglas del juego: Deberes y responsabilidades, manejo de la disciplina, tiempo para compartir y tiempo para la intimidad, como comunicarse cuando haya problemas, no pelear o desautorizarse mutuamente frente a los menores, como conducir el aspecto económico, las relaciones con los familiares del conyugue ausente, y los de la madre o padre sustituto y como es natural las relaciones entre padres e hijos.

Aunque se presenten altos y bajos en la relación, con amor, paciencia, perseverancia y comunicación, la renovada familia saldrá adelante.

Vida en pareja Una frágil unión que se debe cimentar día a día


Cada uno de nosotros somos un mundo y trasladamos nuestras peculiaridades al ámbito de la relación de pareja: a unos les gusta mandar pero otros tienen un perfil más sumiso o conformista, unos prefieren decidir y otros que decidan por ellos, a unos les encanta dar y darse al otro mientras que otros parecen haber nacido sólo para recibir de los demás, unos necesitan más cariño y a otros les abruman las emociones a flor de piel...

Vamos, que la pareja es un ente peculiar, una institución no por tradicional menos imprevisible, y formada por dos miembros a su vez distintos.

Es fácil convenir en que no hay una fórmula que garantiza el éxito de la vida en pareja. Cada unión se rige por unas reglas, normalmente no explicitadas por sus miembros pero que sirven para mantener viva (en el mejor de los casos, armónica) la relación mientras dura. Lo que sigue son sencillas propuestas generales para fomentar la armonía en la vida de pareja, partiendo siempre de dos puntos de partida: la igualdad de derechos de sus miembros y la promoción de una dinámica activa, equilibrada, participativa y sincera en el desarrollo de la relación a lo largo del tiempo.

Efigenio Amezua, experto sexólogo y teórico de la vida en pareja, define a ésta como una relación de comunicación que debe organizarse sobre las bases de sentirse con..., comunicarse con... y compartirse con... Expliquemos estos conceptos.

Sentir la presencia de la otra persona en ese camino que ambos han decidido compartir, percibir su compañía, su apoyo y su incondicionalidad, lo que no exime a cada uno de la responsabilidad de andar la parte del camino que le corresponde. Comunicarse desde el gesto y la palabra, con una verbalidad abierta y positiva, de quien cree y confía en su interlocutor y con un cuerpo que se expresa desde la receptividad, la amistad y la caricia. Compartirse no significa sólo intercambiar cosas, favores o deberes. Compartirse es darse, mostrarse involucrado, ofrecer abiertamente la vulnerabilidad de cada uno en la seguridad de ser entendido, aceptado y querido.
Una rutina de equilibrio y consenso

La búsqueda de la armonía de la pareja nos mueve a muchos a intentar identificar todo aquello que conviene evitar y también lo que debemos hacer cuando surgen los desencuentros. Comencemos por crear una rutina en la que queden desterrados los silencios con significados negativos, los enfados soterrados y los rencores acumulados. En su lugar, hablemos. Pongamos un diálogo constante y la negociación: el consenso y los acuerdos. Ante la discrepancia de opiniones, la alternancia en las decisiones es una buena opción: hoy eliges tú la película a ver en el cine, mañana decido yo a qué restaurante vamos. O cada uno va por su lado, por qué no.

Lo importante es mantener el buen ambiente y evitar los agravios o las desconsideraciones. No temamos los desencuentros ni las crisis, intentemos utilizarlos para fortalecer la relación. Unas buenas habilidades de comunicación nos sacarán de muchos atolladeros. Puestos a desterrar hábitos perniciosos, empecemos con la culpabilización. Abandonemos esa caza de brujas de quién ha sido el culpable, y pasemos a considerar global y lúcidamente qué parte de responsabilidad nos corresponde a cada uno en los hechos. Y a la más mínima duda, preguntemos.

Ceder el paso a los sobreentendidos, los silencios acusatorios y las suposiciones genera posos de desconfianza y distanciamiento que envenenan la relación y resultan difíciles de disipar. Una pregunta, un comentario a tiempo, frena ansiedades y malestares y permite que fluya la comunicación.

Otra cosa es cuando surgen problemas de gran calado (discrepancias profundas en temas esenciales, relaciones sentimentales con personas fuera de la pareja, incompatibilidad de caracteres o costumbres, aburrimiento o cansancio en la pareja...), que requieren medidas a veces drásticas que no son objeto de esta reflexión. De todos modos, estas propuestas son también útiles para encarar situaciones excepcionales o graves que deterioran gravemente la relación.

Vivir en pareja no debería significar una actitud de dar sin límites y no esperar nada a cambio. Eso es una falacia y genera desequilibrios que, antes o después, terminan pasando factura. En la pareja, al igual que en toda relación, hay que dar y recibir. Hoy yo, mañana tú. Vasos comunicantes que se ladean en un sentido u otro y cuyo fin es mantener la estabilidad. Las desigualdades pueden dar lugar a situaciones de dominio que a largo plazo generan insatisfacción al menos en una de las dos partes.
Hemos de conocer al otro

Conviene que nuestra pareja sepa qué nos gusta, qué y cómo lo queremos. Hemos de mantener informada a nuestra pareja del momento que vivimos, porque no siempre sentimos, ni queremos, ni vivimos lo mismo: nuestra vida es una sucesión de etapas, y cada una de ellas tiene sus peculiaridades propias. Somos, afortunadamente muy distintos, pero también compartimos cosas. A todos nos gusta que nos respeten, que nos quieran, que cuenten con nuestra opinión, que nos valoren como personas en toda nuestra dimensión: como trabajadores, como hijos, como padres, como amantes, como amigos, como interlocutores.

El cuerpo es un gran comunicador y hemos de dejarle expresarse. Si queremos mantener un diálogo fluido con nuestra pareja, las relaciones corporales (no exclusivamente las sexuales, sino también las caricias, los besos, los abrazos) han de ser cotidianas y satisfactorias para ambos. Adaptémoslas a cada momento, circunstancia y etapa de nuestra vida. Que formen parte de ésta porque ayudan a garantizar que la calidez, la ilusión y la búsqueda del disfrute forman parte de nuestro código.

"Se hace camino al andar" decía la canción. La pareja se hace cuando cada día sentimos que vamos juntos en el mismo camino, comunicándonos desde el cuerpo y la palabra y compartiéndonos de forma incondicional. Establezcamos nuestro propio código propio, basado en la comunicación, la confianza, el respeto, la ternura y el placer.
Vida en pareja: lo que no conviene hacer
Esperar a que mi pareja adivine lo que quiero y necesito, a que se adelante a mis deseos antes de formulárselos, a que renuncie a su vida personal y me coloque en el centro de su existencia, a que sea la procuradora de mi felicidad.
Responsabilizarle de mis frustraciones, de que lo que obtengo de mi vida de pareja no se corresponde con mis expectativas, de los cambios que he tenido que introducir en mi vida.
Competir por quién es más o menos, mejor o peor, quién le debe más o menos al otro, quién es esto, aquello o lo otro, quién es el que más pone para mantener viva la pareja.
Ser infiel al proyecto en común, pero no entendido exclusivamente como las relaciones sentimentales y/o sexuales con otra persona sino en su totalidad. Para no perjudicar a nuestra vida en pareja hemos de mantenernos leales al compromiso adquirido, trabajar día a día para reavivar ese proyecto común, intentar que esa ilusión inicial, ese amor, crezca; o, al menos, se mantenga y la vida resulte gratificante para ambos.
Acumular, sin sacarlos a la luz y sin comentarlos de forma relajada, desaires, desacuerdos, enfados, reproches, faltas de respeto y desilusiones,.
Dudar de la otra persona. Las fisuras por falta de confianza suponen el inicio del resquebrajamiento de la pareja. Es difícil, y muy duro, amar a alguien de quien se duda.
Permitir o propiciar los silencios ante situaciones que pueden provocar un desencuentro o bronca. Positivicemos: una circunstancia crítica puede ayudar a aclararnos, a adoptar compromisos y acuerdos. El silencio es el vacío y en éste (aunque en principio pueda resultar apacible y llevadero) no hay nada.
Renunciar a formular nuestras quejas, necesidades y querencias de una forma clara, concisa y directa. Hemos de mostrar una clara intención de negociar cambios concretos y de acordar en firme con plazos determinados, todas las cosas que planteamos.
La ironía, el sarcasmo, la crítica destructiva, el grito, el insulto, la ridiculización, la descalificación o el desdén al dirigirnos a la otra persona. Las formas cuentan, y mucho. La familiaridad no debe convertirse en ordinariez, falta de respeto o grosería. Hemos de procurar que las discusiones tengan un cierto protocolo, unos límites que no conviene sobrepasar. Todo puede decirse con un mínimo de corrección y respeto al otro. Lo cortés no quita lo valiente. -Culpabilizar al otro de todo cuanto no ha salido como esperábamos.
Relegar las relaciones sexuales a un plano secundario. Son imprescindibles para el mantenimiento del compartir, de la confidencialidad y la ilusión en la relación de pareja. La carencia de estas relaciones corporales abonan el desánimo y la apatía en la comunciación de la pareja. La rutina y la inercia que la acompaña nos puede llevar a un callejón sin salida.
Gestionar mal las cosas prácticas. Una vida en común tiene muchos aspectos tangibles, prácticos y cotidianos sobre los que hay que llegar a acuerdos. Hemos de hacer frente a tareas domésticas, gastos y otros cometidos familiares. Habrá que hablarlo y ver cómo vamos a organizar los gastos, la distribución de las tareas domésticas, la crianza de los hijos o, incluso, las vacaciones. Lo mejor es una negociación continua que se adapta a cada etapa de la relación.
Creer que sólo existo en cuanto que miembro de la pareja. La relación es cosa de dos, pero de dos que suman. Por tanto, empieza por uno mismo y es por ello que me cuido física y anímicamente, me mimo y hago de mi vida una vida rica en situaciones, experiencias nuevas y sensaciones; en esa medida, aporto riqueza a esa relación. Cada uno tiene su propia vida y la pareja es la expresión de dos vidas que se unen para sumar, para aportar la una a la otra.

La envidia


En fin... tendemos a valorar en los demás aquello que a nosotros nos falta, pero casi nunca nos ponemos a pensar en todo lo que tenemos. Ser realistas y confeccionar mentalmente un cuadro-diagnóstico certero de nuestra situación puede ayudarnos a no convertirnos en víctimas del catatrofismo o de la euforia. El bienestar emocional consiste en el equilibrio al que conduce conocer y asumir con serenidad y buen humor lo que somos (y tenemos) y lo que aspiramos a ser (y tener). La envidia más perniciosa es la que sentimos del hermano, del amigo, del compañero de estudios o de trabajo, y del vecino de al lado, no la que nos genera el éxito, el modus vivendi y el reconocimiento social de la modelo o artista de cine, el arquitecto, la empresaria, el futbolista o el intelectual. Y ello porque sabemos que quien tenemos cerca no es forzosamente más listo ni mejor profesional que nosotros, simplemente ha aprovechado mejor sus oportunidades. No se trata de ser conformistas y abandonar cualquier planteamiento ambicioso, sino de ser consecuentes y elaborar una valoración global sobre lo que somos y lo que aspiramos a ser. Y todo ello no con base en comparaciones, sino partiendo de nuestras propias percepciones, sentimientos y perspectivas de futuro.

Lo peor de la envidia es que se acompaña de una frustrante impresión de que la vida pasa sin vivirla, inmersa en la monotonía o en un devenir insatisfactorio carente de retos atractivos. Vemos a otras personas felices y ello acentúa la negativa percepción de nuestra vida y de nosotros mismos. Es frecuente que esta disposición de ánimo nos conduzca a evitar los contactos sociales, nos acerque al fracaso y produzca esa inseguridad tan característica que disfrazamos de apatía, conformismo y negatividad.

La referencia no debe ser el éxito ajeno, sino nuestra propia capacidad de progresar en lo personal y en lo material

La inteligencia emocional deviene imprescindible para acertar en el diagnóstico de nuestra situación en la vida y para dar con el paquete de medidas que nos ayude a superar el estadio de la envidia y a articular las estrategias que nos acerquen a las metas previstas. Mirar al exterior y compararnos con quienes admiramos o envidiamos puede ser un buen estímulo ("¿por qué yo no puedo hacerlo?") siempre que lo hagamos positivamente (no con un espíritu de simple emulación) extrayendo del éxito ajeno conclusiones adaptables a nuestra manera de ser, nuestras capacidades y nuestras circunstancias personales.

Harry Stack Sullivan definió la envidia como "un sentimiento de aguda incomodidad, determinada por el descubrimiento de que otro posee algo que nosotros creemos que deberíamos tener". El discurso del envidioso es repetitivo, monocorde y compulsivo respecto de lo que envidia y de con quién compite.

Pendiente de lo que tienen los demás, evita reconocer lo que tiene y nada o poco hace para sacarle partido. Su vida no gira sobre su realidad, sino sobre lo que desea conseguir y , en definitiva, sobre lo que echa en falta. La insatisfacción, la frustración y la rabia, le dominan y hacen que su vida le resulte poco grata.
¿Tiene efectos secundarios la envidia?

La envidia aguda puede crear ansiedad, trastornos del apetito y del sueño y diversas alteraciones. Incide también en la actitud hacia la vida, moldeando unas formas de estar en relación con los otros que van desde convertirse en eterna víctima hasta la adopción de una postura defensiva que se traduce en modos irónicos, altaneros, fríos y distantes e incluso de menosprecio hacia los demás.. Los afectados colocan al objeto de sus envidias en una posición de superioridad, a una distancia inalcanzable y sufren impotencia, desánimo y complejo de inferioridad, junto con sentimientos de rabia e ira, que le mantendrán dependiente de la persona con quien compiten. En ocasiones, la envidia no se manifiesta hacia personas de nuestro entorno ni siquiera hacia individuos concretos que conocemos por los medios de comunicación, sino hacia estereotipos creados por la publicidad, la moda, el cine, las series de TV... La estima social que merecen estos héroes de la ficción provoca la envidia de quienes no sienten poco valorados, que pierden su capacidad de análisis y de darse cuenta de que no envidian las virtudes o capacidades de ese modelo de persona sino el reconocimiento social y los honores que reciben.

Conocernos bien, potenciar y trabajar nuestras cualidades y ser conscientes de nuestras limitaciones es el mejor inicio para progresar. Una actuación exclusivamente competitiva genera una dependencia unidireccional hacia la persona envidiada. El envidioso se guarda muy bien, Incluso en su fuero interno, de reconocer que padece envidia. Pocas cosas hieren y descalifican más que decirle a alguien: "Tú lo que tienes es envidia". pero, ¿por qué niega siempre el envidioso su envidia?. Porque denota un sentimiento de inferioridad que no admite, porque se siente incapaz de reconocer unas limitaciones que interpreta como signos de debilidad, porque no puede aceptar que su infelicidad no se debe a todo aquello de lo que carece sino a que no sabe valorar lo que tiene, y porque, pendiente de la vida de los demás no deja un resquicio para asumir la suya propia, con la que no quiere comprometerse por no asumir sus responsabilidades. Pero no criminalicemos al envidioso "pata negra". En el fondo, casi todos sentimos envidia de algo o alguien en algún momento de nuestra vida. Es esa especie de sufrimiento (normalmente, secreto) que nos produce el éxito ajeno. Debemos aceptar la envidia como un sentimiento humano más, que sólo nos ha de preocupar cuando deriva en patología y perjudica nuestro equilibrio emocional. En casos extremos de sufrimiento, de celos patológicos, conviene acudir a un psicólogo.
Combatir la envidia leve

Lo mejor para hacer frente a la envidia es no vivir pendientes de lo que no tenemos. Practiquemos la contemplación en su sentido más profundo, el deleite por lo que se tiene, el redescubrimiento gozoso de lo que nos rodea: las personas que queremos, la fauna y la flora, los paisajes, los pequeños objetos entrañables o los que nos hacen más cómoda la vida. También podemos convencernos de que, normalmente, nada perdemos cuando a otros les van magníficamente las cosas. O darnos cuenta de que compararse con los demás casi siempre resulta estéril. Nuestro mejor punto de referencia somos nosotros mismos. Establezcamos metas en función de nuestras posibilidades, no de lo que otros han conseguido. Podemos considerar que hemos superado la envidia cuando nos alegramos del éxito o la buena suerte de los demás.
Para prevenir la envidia, es bueno:
Estimular la empatía, la capacidad de ponernos en lugar del otro.
Favorecer la confianza en uno mismo y en los demás, desarrollando expectativas y modelos positivos sobre las relaciones sociales.
Establecer en la infancia relaciones correctas y equilibradas con los demás niños .
Relativizar las diferencias sociales y adquirir habilidades para elegir adecuadamente con quién, cómo y cuándo compararse.
Valorar correctamente nuestra capacidad, sin infravalorarnos ni sobrevalorarnos.
Colaborar (tanto dar a los demás como solicitar ayuda), es un buen medio para dotarnos de la pericia que requiere resolver los conflictos que causan envidia.
Acostumbrarse a centrar la atención en los aspectos más positivos de la realidad, no siempre en los negativos.
Relativizar el éxito propio. Y, si es posible, tomarlo incluso un poco en broma.
Interpretar nuestro progreso personal mediante la comparación con nuestras competencias y habilidades, no con las de otros.

El peso del pasado


Las experiencias vividas en la niñez y con el entorno familiar influyen en nuestra personalidad y conducta

El recuerdo de episodios de nuestra vida puede producir pudor y vergüenza -"hice cosas que ahora no haría"-, provocar ira o tristeza -"aquellas experiencias me hicieron daño"-, o promover nostalgia y añoranza -"ah, esos años que ya no volverán"-. En ese ejercicio de memoria, se siente agradecimiento o rechazo, se evocan vivencias lejanas en el tiempo con gran detalle o, por el contrario, apenas se tienen recuerdos. En cualquier caso, todas las teorías sobre la psicología humana están de acuerdo en admitir que, de una u otra manera, el pasado influye en nuestra personalidad y en nuestra conducta.

Una de las teorías más prestigiosas acerca de este asunto es el llamado Análisis Transaccional promovido por Eric Berne. Este reconocido psiquiatra ofrece un marco de referencia sencillo de entender y fácil de utilizar por casi todas las personas a lo largo su vida. Berne afirma que todos los seres humanos manifiestan tres estados del yo, definidos como "sistemas coherentes de pensamiento y sentimiento manifestados por los correspondientes patrones de conducta". Asegura que no se trata de ideas más o menos útiles ni de neologismos interesantes y fáciles de comprender, sino que esos tres estados se refieren a fenómenos basados en realidades verdaderas.
Los tres estados del 'yo'
El estado 'Padre del yo'. Derivado de los padres y madres que hemos tenido y de las personas mayores que han intervenido de manera directa en nuestra educación. Es un compendio de las actitudes y el comportamiento incorporados de procedencia externa. Sentimos, pensamos, actuamos y hablamos de una manera muy semejante a como lo hacían nuestros padres y madres cuando éramos niños, ya que ellos fueron modelos básicos en la formación de nuestra personalidad. Sus valores e ideas acerca de la vida, sus pautas de comportamiento, sus normas, reglas y leyes de convivencia, se van a ir grabando en el hijo o hija, e influyen de forma poderosa en la configuración futura de su personalidad. Y todo eso sucede sin que la persona sea consciente de ello, por lo que se terminan reproduciendo pautas aprendidas en la infancia sin darse casi cuenta.
El estado 'Niño del yo'. En él aparecen los impulsos naturales, las primeras experiencias que se nos grabaron en la infancia y cómo respondimos ante ellas. Es la parte de nuestra persona que siente, piensa, actúa, habla y responde igual que lo hacíamos siendo niños. Tiene un tipo de pensamiento mágico e irracional, las relaciones las concibe como algo eminentemente emocional.
El estado 'Adulto del yo'. En él percibimos la realidad presente de forma objetiva, de forma organizada, calculamos las circunstancias y consecuencias de nuestros actos con la base de la experiencia y los conocimientos. Es la dimensión interior del individuo, que se caracteriza por el análisis racional de las situaciones, la formulación sensata de juicios y la puesta en marcha del propio sentido de la responsabilidad. Este estado hace posible la supervivencia y, cuando está suficientemente desarrollado, debe analizar si en nuestra conducta hay exceso de influencias inconscientes e irracionales de nuestro padre o de nuestro niño.
El diálogo entre los tres estados

Como todos hemos sido niños, hemos tenido mayores que nos han influido y somos capaces de tener sentido de lo real, se puede decir que en nuestro interior dialogan los tres estados: padre, niño y adulto. Son procesos internos de la mente que están siempre activos. Sin embargo, a veces no somos conscientes de ello, incluso muchas personas nunca lo son.

No suele resultar complicado conocer, a través de su conducta y del tipo de respuestas que produce en cada situación, en qué estado del yo se encuentra cada sujeto. Si nos observamos con detenimiento, caeremos en la cuenta de que cuando tenemos personas que dependen de nosotros (hijos, educandos) actuamos con ellas de una forma muy parecida a como lo hicieron nuestros padres con nosotros. O que cuando nos divertimos, nos mostramos emocionados o nos presentamos débiles y vulnerables con quienes nos pueden acoger de manera afectiva, lo estamos haciendo de una forma muy similar a cuando éramos niños. De la misma manera, cualquier persona, salvo casos de grave deterioro, es capaz de discernir la realidad con cierta claridad y dar respuestas sensatas y razonables.
Cómo utilizar esta teoría para el propio desarrollo personal

Conocida esta realidad, uno mismo puede analizar cuándo se conduce como padre, adulto o niño en su vida.

Es un ejercicio de autoanálisis enriquecedor, para el que pueden valer las siguientes pautas.
Recuerde ejemplos en que usted haya puesto en juego a su padre interior a pesar de ser algo poco razonable. Por ejemplo: "en esta casa mando yo". (Padre del yo)
Piense en qué cosas hace hoy y que le recuerdan a otras parecidas que hacía de niño, a pesar de ser inconveniente para usted. Por ejemplo: comer desordenadamente. (Niño del yo)
Recuerde alguna situación en que o bien tomó alguna decisión o supo controlar sus impulsos. ('Adulto del yo')

Póngase ahora de ejemplo concreto y analícelo:
Acuérdese de algún problema que tenga pendiente de resolver y que requiera de una decisión por su parte:
Vea lo que le dicta su padre interior.
Experimente lo que siente su niño interior (sensaciones, emociones, miedos, deseos...)
Observe lo que opina su adulto interior (análisis de pros y contras, propuesta de soluciones, etc).
Seguramente sus estados del yo están en conflicto. Descubra en qué consiste ese conflicto, dónde radican las divergencias.
Por último, tome una decisión.
Contacte con la infancia

En todo el proceso de maduración se debe contactar con la niñez. La vuelta atrás no sirve sólo para hurgar de forma innecesaria en el pasado, sino para aceptar e integrar en nuestro ser actual los impactos e influencias positivas o negativas de nuestra infancia. Sólo el conocimiento cada vez más lúcido y la aceptación de nuestras zonas "inconscientes" nos pondrá en el camino adecuado para lograr un desarrollo personal más equilibrado.
Observe fotografías de la niñez y la adolescencia y deje que le sensibilicen. ¿Cómo fueron esos momentos? ¿Qué hay en esas fotos que todavía ve en usted? Intente dialogar con ese niño que lleva dentro, escúchelo y, sobre todo, acójalo.
Repase recuerdos de su hogar, de las personas que intervinieron en su infancia, recuerde sin esfuerzo dichos o hechos que le impactaron. ¿Cómo siente a esas personas? ¿Cercanas o distantes? ¿Frías o afectuosas? No las niegue, permita que ocupen su lugar, pero manténgalas en el pasado porque ese es su sitio y así impedirá que todavía manden en el presente.

Motivos del desamor


Cerca de 90.000 parejas se dicen adiós cada año en España. ¿Los motivos? Excesiva juventud, inmadurez, egoísmo, decepción. Ciertamente la pareja no es un camino de rosas y las estadísticas nos demuestran que se han triplicado los naufragios matrimoniales desde la implantación del divorcio.
O bien no se valora el matrimonio o bien es que nos hemos vueltos más exigentes en el amor. Pero, ¿cuáles son los motivos más alegados a la hora de finalizar una relación? Algunos sociólogos hablan del egocentrismo que domina a algunas parejas, ya que, la realización personal figura como prioridad. Sin embargo, la familia no desaparece ni está en crisis sino que evoluciona al mismo ritmo que la sociedad. Se pasa de una familia fruto de la necesidad y falta de alternativa a otra electiva, lo cual no solo no perjudica sino que beneficia a las relaciones familiares como recoge la socióloga Inés Alberdi en su Informe sobre la situación de la familia en España. Las parejas que se separan no es que no deseen estar casadas, sino que quieren ser felices y que sus hijos vivan en un clima adecuado, puesto que la separación no es un capricho, no se dice adiós a la ligera, especialmente si hay hijos. Por el contrario dar el paso definitivo conlleva a tener sentimientos de culpa, angustia y frustración.
Son infinidad los conflictos que sufren las

parejas de hoy, pero haremos hincapié en los siete motivos más frecuentes de conflicto que llevan al desamor.
JUVENTUD: Cuanta menos edad sumen los cónyuges más posibilidades tienen de diluir su unión en un futuro debido a que, los jóvenes viven más el presente y el arrebato amoroso les empuja a tomar decisiones poco sopesadas sin reparar en los problemas de la convivencia. Sin embargo, esto no se da si los dos miembros de la pareja saben evolucionar junto a sus sentimientos y necesidades. Un estudio de Asuntos Sociales sobre parejas apunta a que los entrevistados más felices eran los que habían dicho si quiero más tarde.
DECEPCIÓN: En la convivencia día a día bajo el mismo techo, se descubren aspectos desconocidos del otro que en algunas ocasiones suponen dar al traste con la idea que se tenía del otro, principalmente cuando en la etapa inicial de la relación es normal que cada uno trate de dar lo mejor de sí y que al estar enamorados veamos solo aquello que queremos ver. En esta etapa es importante la aceptación del otro y el desarrollar habilidades para mantener la relación.
INMADUREZ: Es muy difícil de solucionar si una de la partes está fijada en la infancia y es incapaz de asumir las responsabilidades que conlleva una relación. Suelen ser personas inconstantes, caprichosas, carentes de una visión sobre las consecuencias de sus actos y es preferible esperar a que maduren para consolidar la relación.
EGOISMO: El sentimiento amoroso no es puramente altruista, cuando damos esperamos recibir lo mismo o al menos en similar proporción. El intercambio de afecto, de entrega, de comprensión, de cariño, de trabajo...si no es compartido conllevara al desencanto, a la frustración y logrará consumir a la relación.
AUTOENGAÑO: La creencia de que lograremos cambiar al otro es falsa y el mantener la venda en los ojos tampoco da resultado y en algún momento esta caerá. Tampoco resultan las uniones en la que uno de los miembros proyecta en el otro su ideal de persona y la disfraza en lo que no es.
FALTA DE PALABRAS: La incomunicación es uno de los pilares por los que se agrietan muchas parejas, y muchas veces la suma de silencios se va engrandando en igual proporción al resentimiento acumulado. Se acaba por no tener confianza en el otro y es imprescindible el diálogo y la sinceridad para poder mantener a flote la pareja. Las quejas en voz alta y la claridad restan relevancia al problema y al comunicarlo se minimiza el conflicto.
RUTINA: La apatía es lo peor en una relación. Cuando se instala el desinterés poco podemos hacer. Es importante esforzarse para mantener un intercambio interesante en la pareja y esto es algo que concierne a cada una de las partes. Es una utopía fantasiosa el sueño de que el otro si te ama debe adivinar tus deseos. Las dos partes han de trabajar para que la relación sea todo menos aburrida

Fanatismo adolescente


La visita al país de un joven cantante que se ha convertido en un ídolo popular para los adolescentes, ha ocasionado un estado de histeria colectiva que lleva a sus seguidores a demostrarle su fervor a toda hora mientras aguardan el día y la hora de su presentación en público.

Mientras estas chicas, de nueve años en adelante, esperan impacientes, sufren estoicamente toda clase de incomodidades y se sacrifican haciendo largas colas para conquistar los mejores lugares y estar cerca de este singular personaje, que fabricado por un excelente equipo de marketing, se ha convertido a su corta edad en un monstruo del espectáculo.

Algunos padres acompañan a sus hijos apoyándolos en su entusiasmo, seguramente con el orgullo de poder brindarles una supuesta alegría que ellos tal vez no vivieron.

La mayoría ha tenido que faltar a clases, dado que las presentaciones se realizan durante la semana, pero eso no es ningún obstáculo como para privar a los hijos del placer de pertenecer al grupo de fans que tienen el privilegio de no ir al colegio y pagar la entrada para poder asistir.

Pero los padres no saben que la conducta demasiado complaciente con los hijos tiene sus costos.

Recibo constantemente cartas de muchos padres que no saben qué hacer con sus hijos adolescentes, porque han perdido el control. Se niegan a ir al colegio y hacen lo que quieren; se levantan al mediodía y luego salen para estar con sus pares la mayor parte de su tiempo para regresar a cualquier hora, para comer o dormir.

Estos chicos no toleran que se los contradiga, se ponen violentos y algunos hasta les pegan a sus padres.

Esta situación se fue generando de a poco, desde muy chicos se les dio todo menos contención y se tuvieron que manejar solos mientras sus padres trabajaban y ahora que son grandes pretenden pasarse el día sin hacer nada útil y se niegan a ir al colegio.

Una casa sin timón se hunde como un barco a la deriva a la primera tormenta y esto es lo que pasa después cuando ya es difícil tomar las riendas.

Sin embargo, todavía se está a tiempo para encarrilar a estos jóvenes que crecen sin freno ni límites y que amenazan con convertirse en personas adultas incapaces de bastarse a sí mismos o en delincuentes.

Esta situación se produce cuando en una familia no se cumplen los roles.

Los padres tienen que asumir su rol; y esto significa que deben poner las reglas en el hogar, y que todos, incluso ellos, deberán cumplir.

Si los padres no asumen su liderazgo, los hijos harán lo que quieren y no cumplirán con sus obligaciones.

Es necesario que aprendan que no pueden dejar de lado sus responsabilidades, y así como sus padres trabajan para mantener a la familia, también ellos tienen que hacer su parte y cumplir con lo que les corresponde y si no lo hacen tendrán que sufrir las sanciones que sus padres deberán imponer.

La complacencia con los hijos es una tentación difícil de vencer, pero es un arma de doble filo, por un lado les resulta placentero recibir obsequios y gratificaciones sin ningún motivo, pero por otro esa actitud les crea la necesidad de tener todo lo que tienen los otros y de hacer lo que hacen los demás.

Si los padres no cumplen su rol cuando sus hijos son chicos, tendrán que hacerlo más adelante y será más difícil, porque nadie se libera de esa responsabilidad que con los años se torna más y más pesada.

Es negativo para un niño recibir gratificaciones sin haber hecho nada para merecerlas, porque de esa manera se pierde el sentido de los límites y se refuerzan solamente valores materiales que serán los únicos que regirán sus vidas y los que orientarán sus esfuerzos, empobreciendo su desarrollo total como ser humano.

La paternidad


Tener hijos no es obligación y más ahora que existen métodos eficaces para evitar el embarazo que a la vez permiten disfrutar de la sexualidad.

Sin embargo, todavía hay mucha ignorancia al respecto y existen muchas jóvenes que quedan embarazadas sin estar preparadas para ser madres y sin una pareja que se haga responsable.

Algunos pueden pensar que deben tener hijos, porque sí, porque creen que hay que tenerlos aunque no les interese hacerse cargo, tal vez porque los demás los tienen, o para que no crean que ellos son estériles u homosexuales.

Tener un hijo es una gran responsabilidad y exige un gran esfuerzo y hasta sacrificios.

No todos están dispuestos a ocuparse de sus hijos. Si así fuera, no habría tantos problemas de conducta como los hay, tanta violencia, drogadicción ni tanta delincuencia juvenil.

Los hijos necesitan que sus padres los amen y los cuiden, que les brinden seguridad y protección y no que los malcríen comprándoles cosas prescindibles para compensar el poco tiempo o interés que les dedican.

Cada omisión de los padres hacia sus hijos jamás será pasada por alto, porque ellos se encargarán de hacérsela pagar con creces.

Todo lo que no se hace por los hijos cuando son niños se deberá hacer cuando sean grandes, con todo lo que esto puede significar.

Los niños necesitan que los padres les presten atención, que les reconozcan sus habilidades y sus aptitudes, que los alienten en sus dificultades y que los contengan en las situaciones que les resultan difíciles.

Los hijos sólo aprenden con el ejemplo, de manera que la paternidad exige buena conducta, si es que se desea tener hijos sanos y sin problemas.

Si hay algo que es verdaderamente doloroso en este mundo es ver sufrir a un hijo y muchos de esos sufrimientos dependen de la relación que tenga con sus padres.

“Por el árbol conoceréis sus frutos” es una frase que ya está en la Biblia que expresa una gran verdad. Porque para un niño lo que hagan sus padres estará siempre bien aunque sean delincuentes, porque los ama, aprenderá a ser como ellos y sus valores serán los mismos.

La juventud exige satisfacer los deseos en forma inmediata, de modo que es inconveniente asumir la responsabilidad que implica tener un hijo. Porque los jóvenes creen que no van a tener tiempo para disfrutar de los placeres de la vida y dejan de lado obligaciones que asumieron voluntariamente. No saben que tomar una decisión los compromete para siempre y que sólo respetando los compromisos podrán vivir tranquilos.

La meta más difícil de alcanzar en esta vida es tener paz interior, o sea no vivir acosado por una conciencia intranquila. Sin embargo se empeñan en ignorar la inquebrantable ley de causa y efecto.

Un hijo es un compromiso para siempre y puede ser una bendición o una pesadilla, sólo depende de sus circunstancias y de la conducta de quienes le dieron la vida.

No existe placer más grande que sentirse bien por haber tenido el coraje de haber hecho lo mejor posible por los hijos y por haber tenido la fortaleza de dominarse a sí mismo.