Atención y Conciencia es Salud
Hipócrates decía que dentro de nosotros hay un poder curativo natural que es la mayor fuerza que existe para curarse.
Todo lo que atrae nuestra atención crece, de manera que si prestamos atención a situaciones o emociones negativas, éstas ocuparán más lugar en nuestra conciencia.
Estos fragmentos de negatividad que se van acumulando en la conciencia son los que nos enferman y los que producen estados de ansiedad y depresión que parecen no tener ningún motivo.
Esta inquietud interior nos hace sentir desamparados y no nos permite utilizar las energías en forma más adecuada.
Sólo cuando la atención logra enfocarse en algo que tenga significado para nosotros, es cuando favorecemos la creación de salud.
Son los objetivos personales los que motivan a las personas a vivir, tener una familia, ejercer con vocación una profesión o tener proyectos. Esa es la manera de vivir que el cuerpo necesita para responder con vitalidad; y si cambiamos los contenidos negativos de nuestra conciencia volvemos a recuperar la energía perdida.
Es común que la gente que tiene proyectos, cualquiera que sean, se levante a la mañana con ánimo, dispuesta a llevarlos a cabo; en cambio, personas que se empeñan en sentir que han fracasado, o que han perdido a un ser querido, o que están a punto de jubilarse y que han estado siempre aferrados a su trabajo, se enfermen o caigan en una depresión.
Una meta a largo plazo, como una misma ocupación toda la vida, puede poner a una persona en una situación muy vulnerable, porque su conciencia es estrecha y parece no tener lugar para otra cosa. Sin embargo, la vida es como un río caudaloso y muy ancho y el estado óptimo de atención es mucho más grande que cualquier objetivo único.
Estos estados de atención plena, abiertos a todas las posibilidades, no son afectados por ninguna circunstancia ni los agitan las crisis, porque crean serenidad y tranquilidad interna.
Cuando prestamos atención tanto al descanso reparador como a la actividad, la conciencia se equilibra y permanece íntegra y vital.
Las personas que gozan de este equilibrio tienen un aspecto diferente, son comprensivas y profundamente tranquilas y poniendo su atención sobre alguien logran relajarlo, porque irradian una calma cercana a la sabiduría.
Esto es lo que se necesita para crear salud y se denomina conciencia de si mismo.
El que haya logrado en alguna oportunidad ese estado, aunque sea por breve tiempo, o que haya experimentado la cercanía de alguien que lo haya experimentado, sabe que es algo que no se puede comparar con nada ni tiene precio.
Todos los valores mundanos, como el dinero o el físico, dejan de tener importancia, porque el autoconocimiento sólo da lugar a cosas positivas sin ningún esfuerzo, sin luchar, sólo dejando que la vida las haga posibles.
Otra forma de prestar atención a nuestros pensamientos negativos es tratando de resistirnos en oponernos a ellos, porque es inútil pelear con ellos.
Krishnamurti nos dice que el hecho de ser conscientes de nuestra torpeza nos libera de ella, porque nos obliga a prestar atención, a estar alerta y dejar de ser torpes; en cambio si uno se resiste, cada día será peor.
Ser inteligente no es ser erudito, ni astuto ni muy listo, sólo se es inteligente cuando se ven las cosas como son sin crear conflictos al percibirlos (me gusta no me gusta, lo acepto no lo acepto).
La atención más poderosa es la pura e inocente, esta atención permite que la vida fluya y crea salud.
Estamos a acostumbrados a funcionar mecánicamente, atados a planes fijos y nuestra verdadera inteligencia no puede operar.
Esta forma de vivir nos hace estar desatentos y nuestra verdadera naturaleza no nos puede ayudar.
Una atención tranquila no puede coexistir con emociones negativas, como la ira, el miedo, la preocupación, la ambición, la culpa, la ansiedad, la intolerancia o la depresión.
Es inútil enfrentar y pelear contra la negatividad, sólo hay que dejar de prestarle atención y desaparecerá como por encanto.
Fuente:”Cómo crear salud”, Deepak Chopra.
Coincidencias o milagros
Si prestamos atención al momento presente, si nos liberamos de las preocupaciones, de la ansiedad y de los miedos; si nos dejamos llevar, y no nos aferramos a planes rígidos, porque finalmente nos convencemos que somos parte de la naturaleza y la dejamos actuar, nos comienzan a suceder cosas extraordinarias que habitualmente llamamos coincidencias.
Una coincidencia es la ocurrencia de hechos significativos altamente improbables, que solemos atribuir al azar. Por ejemplo, tenemos la intención de tomar un ómnibus y lo vemos llegar; salimos a la calle y para de llover; nos llaman por teléfono y es la persona en que estábamos pensando; nos encontramos en la calle a quien estábamos buscando; leemos en el periódico la información que necesitábamos; conseguimos el trabajo que queríamos; recibimos ingresos inesperados para cumplir un proyecto; nuestro auto deja de funcionar frente a un taller mecánico; ante una situación de peligro logramos hacer lo correcto.
En forma inexplicable, lo imposible parece surgir espontáneamente para nuestro bien y nuestra comodidad, haciendo que hasta nuestra más mínima intención se cumpla.
Antiguamente estos fenómenos milagrosos se atribuían a profetas y a santos, pero ahora es un poder que también podríamos lograr cada uno de nosotros.
Todos estos acontecimientos desafían las leyes inquebrantables de la física tradicional de Newton, pero también a nivel del microcosmos, las leyes de la física no funcionan.
Si no hay un observador con la intención de medir la velocidad de las partículas, éstas sólo existen como posibilidad virtual; o sea que pueden ser partículas cuando son observadas.
La ciencia tradicional tiene una visión del mundo realista, al considerar que el mundo es como lo vemos y se puede conocer cómo es en si mismo, independientemente del observador.
Sin embargo, en un viaje interplanetario a una velocidad cercana a la de la luz, el tiempo transcurre más despacio, pero para el observador que va en la nave su tiempo será el que lleva el reloj que usaba en la Tierra.
El astronauta envejecerá a su debido tiempo cronológico según su reloj, pero cuando vuelva a la Tierra habrán pasado miles de años para el resto de los habitantes del planeta.
La mecánica cuántica revela que la realidad depende del observador.
Toda teoría científica es válida dentro de su propio contexto y puede ser útil para prevenir acontecimientos, pero no puede explicar cómo es ni si existe una realidad en si misma independiente de nosotros.
Desde la antigüedad existieron profetas que podían hacer milagros y aún hoy en día existen fenómenos que la ciencia no puede explicar, como el poder de la bilocación (estar en dos lados al mismo tiempo), fenómeno que ha sido confirmado por testigos confiables; y como el poder de la telepatía, la clarividencia, etc.
Existen en la naturaleza poderes que aún no conocemos pero que podemos aprovechar para nuestro propio beneficio, que no dependen de la fe, sino de nuestro pensamiento.
No se trata de voluntarismo, sino de atención e intención, porque esos son los elementos necesarios para crear realidades y materializar posibilidades.
Dejemos entonces de preocuparnos o tener miedo, porque de nosotros depende crear el mundo que queremos.
Los que pongan su atención y su intención en el Apocalipsis, los enfrentamientos y las guerras tendrán todo eso; y los que confían y ponen su atención e intención en todo lo que desean también lo tendrán, porque cada persona es un universo y crea y vive en su propio mundo.
Las personas preocupadas, temerosas y ansiosas entorpecen de algún modo la materialización de sus deseos y crean las realidades que más temen.
La Resistencia al Psicoanálisis
Cuando empecé la carrera de Psicología, sin tener la más mínima idea sobre su contenido, en Argentina estaba de moda la teoría de Sigmund Freud; y todas las demás teorías eran como simples satélites del Psicoanálisis.
Todo se refería a ese encuadre teórico ya sea a favor o en contra.
Particularmente el psicoanálisis a simple vista no me parecía práctico como terapia ya que exige un largo tratamiento, que la mayoría de las veces se hace interminable. Además, esa característica hace que sea un recurso terapéutico destinado a una “elite” y de hecho su inusitada fama en algunos círculos al principio se debió a que destacadas personalidades del ambiente artístico e intelectual se sometían a ese tratamiento.
Sin embargo, con el paso del tiempo y luego de mi experiencia como psicoterapeuta, aprendí que para conseguir resultados duraderos, no se puede eludir el pasado de los pacientes que han quedado con alguna fijación a etapas tempranas del desarrollo y que la sexualidad todavía en el siglo XXI sigue siendo el principal motivo de conflicto en los seres humanos.
Así como todo cambio significativo es rechazado en toda sociedad debido al esfuerzo que requiere adaptarse, salvo excepciones, así el psicoanálisis tuvo que sufrir resistencias, pero es indudable que se trata de uno de los más importantes aportes para la Psicología.
La ciencia se renueva constantemente porque cada respuesta científica crea nuevos interrogantes, de modo que los científicos están obligados a buscar nuevos descubrimientos.
La teoría psicoanalítica no fue un invento de Freud, sino que él tuvo la suficiente lucidez y memoria como para crear una teoría coherente relacionando un vasto conocimiento teórico.
Basado en la doctrina del conocido neuropatólogo Charcot sobre la histeria, y en las experiencias a partir del empleo de la hipnosis, Freud trascendió su objetivo original, que era conocer el origen de los síntomas neuróticos.
Después de una década de indiferencia absoluta, de pronto el psicoanálisis se convirtió en centro de interés para algunos y también de la más encarnizada reprobación para otros; aunque se puede decir que aunque en menor medida su teoría aún tiene enemigos.
Sin embargo, el movimiento psicoanalítico aún perdura a pesar de sus detractores que se empeñan en desprestigiarlo y ha tenido a lo largo de la historia de la psicología destacados seguidores.
Freud pensaba que con el tiempo se llegaría a descubrir una base orgánica en el origen de las neurosis, pero en aquella época, a principios del siglo pasado, los conocimientos sobre el comportamiento patológico humano sólo se podían basar en supuestos y fundamentarse mediante la cita de historias clínicas.
El estudio de la histeria mostró la relación entre los síntomas somáticos y los procesos psíquicos del pasado, ya que en estado de hipnosis se podían provocar en forma experimental en el paciente los mismos síntomas somáticos de la histeria.
La teoría del inconsciente de Freud, no fue bien recibida por la generación de médicos de esa época que tenían una formación organicista, de manera que lo enfrentaron con decisión, con el recurso de que un estado psicológico difícilmente puede llegar a ser comprobado científicamente.
La propuesta de Sigmund Freud fue considerada pura fantasía que pertenecía más al campo de la mística que a la ciencia, la práctica de la hipnosis como supercherías sin fundamento y los síntomas histéricos pura simulación.
Freud consideraba que las fuertes resistencias contra el psicoanálisis no eran de índole intelectual sino que eran de origen afectivo; y esto era lo que explicaba el apasionamiento y la falta de lógica de las críticas.
Freud pensaba que la sociedad se conducía frente al psicoanálisis igual que el individuo neurótico que se somete a un tratamiento; porque esta teoría comete la afrenta de herir fuertes sentimientos de la humanidad al darle el principal papel al inconsciente y al minimizar el valor del yo consciente.
Por otro lado, no es fácil evaluar una teoría tan compleja si no se conoce con la debida profundidad, ya que es preciso aprenderla para poder formular un juicio.
Freud consideró que su condición de judío pudo también haber contribuido al rechazo de su teoría.
Fuente: Obras Completas de Sigmund Freud, Libro III, “Las Resistencias contra el Psiconálisis”, página 2801.
El Cambio de Percepción
Los seres humanos tenemos que atravesar por muchos momentos difíciles y podemos llegar a creer a veces que hemos agotado todos los recursos para enfrentarlos.
Sin embargo, nuestro potencial para tolerar situaciones que parecen superar nuestra capacidad, es ilimitado. Si no fuera así, las guerras hubieran extinguido a la humanidad si el hombre no hubiera sido capaz de sobrellevar la pérdida de sus seres queridos.
Es el espíritu el que nos mantiene erguidos frente a la adversidad, porque cuando nos alcanza la tragedia, nos da la posibilidad de percibir la vida desde otro enfoque y comenzar de nuevo.
Los acontecimientos que nos suceden, son situaciones que también, más tarde o más temprano, pueden ocurrirle a otros, porque la ley de la vida es que en este mundo nada es eterno y todo alguna vez termina.
Frente a los hechos que nos conmueven hasta lo más hondo tenemos dos alternativas: abandonarnos al sufrimiento y a la desesperación o cambiar de perspectiva, utilizando la razón para aceptar lo que no se puede cambiar, aprender de la experiencia y comenzar a ver las cosas de otro modo.
Son las experiencias las que nos enseñan que hay una causa para todo, que muchas veces no llegamos a comprender pero que otras veces nos empeñamos en no darnos cuenta que también todas nuestras acciones tienen una consecuencia.
Si miramos la realidad con otros ojos, la vida empieza a cobrar significado y a mostrarnos el otro lado de las cosas.
Afrontar la realidad es importante, pero también lo es recuperar la inocencia para poder ver lo simple que es la vida cuando aceptamos las cosas como son.
Todos tenemos una gran fortaleza oculta y la posibilidad de ver lo que es esencial en la vida, y el sabio que duerme en nuestro interior desea despertar para ayudarnos a hacer lo que es mejor para cada uno de nosotros.
Si no existieran esos momentos cruciales en nuestras vidas, nunca cambiaríamos y seguiríamos cometiendo los mismos errores, tropezando con la misma piedra y enfrentándonos con las consecuencias de nuestros propios actos.
Un cambio de perspectiva nos abre nuevos horizontes, nos obliga a tomar decisiones y a liberarnos del hábito de postergar objetivos y proyectos.
La postergación de las iniciativas genera gran tensión psíquica, porque no somos capaces de dar el primer paso para cumplir con esos propósitos.
Solamente la acción nos libera, porque rompe la inercia y nos permite salir de nuestra habitual actitud derrotista.
Cada golpe en la vida puede ser el empujón que necesitamos para despegar sin miedo a los riesgos ni al fracaso; porque cuando ya no tenemos más nada que perder y hemos llegado al fondo, no tenemos más excusas y sólo nos queda volver a elevarnos.
Sólo desde lo alto se ve mejor el horizonte y se puede tomar conciencia de que uno, si quiere, es capaz de hacer las cosas bien, que se puede confiar en uno mismo y en los demás, que se puede acceder a lo que uno desea si tenemos verdadera convicción, encontrar la estabilidad en una relación más profunda y duradera, salir con calma y fortalecido de los conflictos, aprender a pedir ayuda y a aprovechar cada momento como si fuera el último.
Cuando una puerta se cierra otra se abre, porque el devenir no es sólo lo incierto, es un mar de posibilidades si tenemos en cuenta la importancia de ser tolerantes y flexibles y si recuperamos nuestros valores.
El Buen Trato
El buen trato nos ayuda a sentirnos bien, porque cuando tratamos bien a los demás somos tratados de la misma forma.
Cuando recibimos un buen trato, espontáneamente surge en nosotros la necesidad de hacer algo por esa persona como retribución, sentimos deseos de ayudarla y de demostrar que estamos agradecidos.
Ese bienestar que parece pasajero nos puede cambiar el día, mejorar nuestro ánimo y nuestras decisiones y impulsarnos a extender a otros ese mismo estado.
El buen trato es un hábito que se puede aprender y se puede empezar ya mismo, en este mismo momento y cualquiera sea la edad, dejando de ser la persona que tampoco se agrada a sí misma y comenzando a ser alguien nuevo, querible y espontáneo, para sentirse mejor.
Muchos padres no les enseñan a sus hijos el buen trato hacia los demás y hasta permiten que los traten de mala manera, sin tener ninguna consideración, como si fueran sus amigos, de igual a igual.
Pero también hay muchos padres que no respetan a sus hijos, los insultan, se burlan de ellos, se complacen en resaltar sus faltas o defectos y los tratan frecuentemente con desprecio.
El buen trato significa ser amable con los demás, tal como nos gustaría que los demás lo fueran con nosotros; aceptarlos como son, sin juzgarlos y comprendiéndolos tratando de ponerse en su lugar.
Hacer juicios impide mantener buenas relaciones y además es inútil, porque los demás siempre serán diferentes; y juzgarlos o encasillarlos por ser como son, sólo produce división.
La intolerancia es creer que uno es mejor que el otro cuando en realidad el otro es el reflejo de mi mismo.
Nadie es mejor que otro, porque no se pueden comparar personas que son diferentes.
Cada uno tiene cualidades y los defectos siempre serán más visibles en el otro que en uno mismo; y esos defectos que vemos en otros son las características que no nos agradan de nosotros mismos.
Cuanto más se parece otra persona a uno, más antipático nos resulta.
Hagamos la prueba: pensemos un momento en aquellas personas que no nos gustan y nos daremos cuenta, si somos honestos, que tiene muchos rasgos que negamos de nosotros mismos.
El mal trato refleja baja autoestima y odio a sí mismo.
Este hábito de maltratar al otro está muy difundido, porque lo que caracteriza a los tiempos modernos es la intolerancia, la impaciencia, el apuro, el perfeccionismo y las exigencias.
El vocabulario vulgar, con insultos gratuitos en todas las frases, expresa precisamente lo mal que se trata la juventud incluso con sus mejores amigos.
Ese maltrato verbal significa para algunos grupos, viveza y sagacidad y representa estar de vuelta de todas las cosas; virtudes que no tienen pero que fingen tener adoptando malas palabras como comodines a falta de vocabulario digno.
La gente en general cree que no tiene tiempo para ser amable, dejar pasar primero al otro, ceder su asiento a alguien de más edad o que lleva mucho peso, sonreír para dirigirse a los demás, decir gracias y pedir por favor.
No estamos solos y los demás también están apurados, pueden tener problemas más graves, estar enfermos, tristes o deprimidos.
El otro forma parte de uno mismo; no tendríamos conciencia de nosotros mismos si no existiera y lo necesitamos tanto como a nuestro propio cuerpo.
Hay mucha gente que trabaja para nuestro bienestar a toda hora; si no fuera así no tendríamos luz, ni gas, ni agua, ni alimentos cuando lo necesitamos.
Seamos agradecidos y aprendamos a tener buen trato, aunque sea por egoísmo, para beneficiarios sólo a nosotros mismos.
F:guiapsicologica
Déjà Vu
Se denomina “Déjà vu” a la sensación que experimentan algunas personas, de haber ya vivido con anterioridad; acontecimientos, situaciones o circunstancias; como por ejemplo, participar en conversaciones en las que pueden anticipar con rigor lo que todos van a decir aunque no conozcan a nadie; estar en lugares por primera vez y reconocerlo con exacta precisión o encontrarse con alguien y tener la plena convicción de haberlo conocido siempre, incluso íntimamente, sentimiento que a veces resulta mutuo.
La mayoría de las personas que tienen estas experiencias generalmente no desea contarlas, pero en la literatura existen testimonios múltiples, muchas veces debidamente documentados.
Ya en el siglo I después de Cristo, Apolonio de Triana aportó ejemplos de haber conocido antes a personas que veía por primera vez.
Mucho tiempo después autores prestigiosos como De Quincey, Coleridge, Sir Walter Scott, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne o Bulwer Lytton, se refirieron en sus trabajos literarios a este fenómeno.
John Buchan comenzó a creer en la reencarnación cuando se encontró en un escenario en el que sentía había estado antes y que le resultaba absolutamente familiar. Esa experiencia figura en su libro “Memory Hold the Door” .
Cabe destacar que en tales vivencias no sólo interviene un solo sentido sino que son evocadas con todos los sentidos, mediante sensaciones que resultan idénticas a las supuestamente experimentadas en algún momento del pasado.
La literatura abunda en relatos relacionados con las experiencias “déjà vu”, que por ser tan singulares, vívidas y convincentes pueden sugerir la posibilidad de haberlas experimentado en otras vidas.
David Christie-Murray, en su libro “Reencarnación – Creencias Ancestrales y Testimonios Modernos”, cita una selección de casos.
Entre ellos está el de una joven mujer que pudo reconocer una casa en Worcester y dentro de ella recordar una puerta que había existido en otros tiempos que había sido anulada, sin mostrar el muro ninguna señal que la delatara.
Otra historia, documentada en registros municipales del lugar donde ocurrió, refiere el caso de una enfermera francesa que mostró conocer las torres del Castillo de Saint Germine, en Laye, sin haberlo visitado antes, ni haber oído nada sobre él; acordándose incluso de la existencia de una habitación sellada al final de una oculta escalera.
Ruth Montgomery, en su libro “Here and Hereafter”, atestigua haber conocido el camino que conducía a la Cámara Real de la gran pirámide de Egipto, antes de haberla visto y sin saber nada al respecto.
En 1906, un sacerdote llamado Forbes, cuando visitó Roma por primera vez le resultó tan familiar la antigua ciudad, como si hubiera vivido allí siempre; y en Leatherhead pudo determinar el lugar exacto de una Via romana que había existido cerca de esa ciudad.
Una mujer británica soñaba reiteradamente con una casa, que posteriormente reconoció al pasar por un vecindario, que en ese momento se ofrecía en alquiler. La propietaria también la reconoció a ella; era igual al fantasma que se paseaba habitualmente por su dormitorio.
Najib Abu Faray se mudó de distrito y se instaló en Djebel Druse; lugar que le pareció muy familiar. También reconoció una casa en particular; y dentro de ella un escondite que nadie había visto antes donde sabía que encontraría una bolsa de dinero. Esta evidencia fue identificada como vivida por Mansour Atrash, muerto en 1897, quien había ocultado en esa casa el valioso botín.
Existen numerosos casos de “déjà vu”, que resultan impresionantes y que han podido ser documentados, aunque no son suficientes como para servir como prueba.
Otras explicaciones para estos fenómenos consideran que pueden ser hechos ocurridos que han sido totalmente olvidados; ya que el cerebro registra muchas experiencias periféricas de las que no somos conscientes pero que luego, frente a determinados estímulos, pueden recordarse.
Otros sucesos pueden explicarse como vivencias parecidas del pasado que se actualizan al identificarse emocionalmente con una nueva experiencia.
Otra explicación posible es que el cerebro tenga dos visiones casi simultáneas de una situación, separadas sólo por un parpadeo, que luego son reconocidas como dos experiencias vividas con un intervalo mucho más largo de tiempo.
Celosos de los Ex…
La mayoría de la gente tiene un pasado que no se puede borrar y que condiciona su presente y su futuro; porque las experiencias del pasado les sirven para no cometer los mismos errores dos veces.
El hecho de que una mujer haya sido feliz con otro hombre en el pasado o que su pareja guarde buenos recuerdos de otra mujer, no impide a ambos formar una relación sin que la sombra de lo vivido amenace ese nuevo amor.
Cuando hay un pasado significativo, son posibles las comparaciones, y aunque ninguna persona puede ser comparada con otra, la sola sospecha puede resultar urticante para muchos.
Solamente los que son muy inseguros son celosos, no sólo de otras personas vinculadas con su pareja en el pasado sino también de familiares directos y de los hijos que han tenido.
El que está enamorado quiere ocupar el primer lugar en el mundo de la persona que ama, tener la exclusividad y no tener que compartirla con nadie.
Los celos son comunes en las personas que aman y mientras no sean excesivos y lleguen al extremo de convertirse en patológicos, se pueden comprender.
Si ambos se respetan no deberían existir estos temores, ya que ninguno de los dos debería hacer nada que los fomente.
Ante el primer indicio de los celos de la pareja es necesario aplicar el discernimiento y evaluar si se justifican. Si así fuera, no hay que dejar de hacer lo previsto por un capricho del otro sin fundamento, que pueda comprometer la libertad individual.
Pero es obvio que cuando se vive en pareja y ambos se aman, seguramente los dos querrán hacerse felices y priorizarse mutuamente, porque se supone que por sobre todas las cosas querrán estar la mayor parte de su tiempo, juntos.
Decir juntos no significa pegados, porque cada uno tendrá sus propios amigos y sus intereses individuales, que no deberían abandonar.
Estar en pareja no quiere decir que uno se tiene que convertir en un esclavo, ni tampoco supone la obligación de terminar con todo lo anterior, que sea compatible con la nueva relación y no signifique un obstáculo.
Los celosos enfermizos se aferran a la idea de que pueden ser traicionados cuando tienen baja la autoestima y no confían en ellos mismos.
Son sentimientos negativos que atentan contra toda relación, porque cuando la tendencia es crear vínculos dependientes, lo que se teme es el riesgo de la pérdida de quien consideran, una prolongación de sí mismos.
El celoso cree que está en inferioridad de condiciones con respecto al otro, se obsesiona, quiere saber, revisa las pertenencias de su pareja y percibe en cualquier inofensivo indicio a una falsedad o un engaño.
Sin embargo, hoy, esa pareja está con él porque lo ha elegido y eso tiene que ser suficiente para confiar y comenzar una vida nueva sin la sombra del pasado.
Toda relación se basa en la confianza, pero no hay que perder el sentido de los límites y tratar de evitar que sea un vínculo en el que cada uno hace su vida sin ninguna consideración hacia el otro.
Cuando esa es la situación hay que hablar, decir cómo se sienten, buscar la forma de compatibilizar intereses, de estar y de hacer cosas, juntos.
A veces, las relaciones anteriores terminan en buenos términos y en bien de los hijos que han tenido necesitan continuar viéndose en ocasiones.
En ese caso, lo mejor es aceptarlo, tomarlo con naturalidad, sin fantasear imaginando cosas que no son y sin ánimo de controlar, sino para aprender a razonar y a tener actitudes maduras, ya que los sentimientos no tienen por qué cambiar sólo por ver a sus antiguas
Adicción al amor
El proceso normal del enamoramiento es cuando una persona comienza sintiendo simpatía por otra persona para después pasar a una atracción inocente, se comienza a idealizar hasta llegar a convertir al otro en un ser divino. Entonces el individuo se cierra al amor cegándose. Podríamos decir que el amor es ciego cuando incapacita para hacer un análisis realista de la situación, cuando se proyectan en la otra persona todas las ilusiones, cuando creemos que es la única persona que nos puede dar la felicidad. Si este proceso es muy rápido, se le denomina flechazo amoroso, lo cual es síntoma de inmadurez afectiva porque la evolución madura es lenta y progresiva. Sea como fuere, este debe ser un proceso pasajero para culminar en un amor maduro entre dos personas independientes que se respetan y mantienen la fidelidad. Sin embargo, existen personas que no superan la etapa de la ceguera, como por ejemplo las personas dependientes.
Obsesionarse por una persona o una relación es síntoma de adicción. Puede darse porque el individuo se siente tan necesitado, tan inseguro que se aferra a esa persona como si fuera su salvación. No es el deseo normal de unión sino de un hambre poderosa, insaciable, que distorsiona su sentido de la realidad. Esto le lleva a una relación obsesiva de superposesión, donde cualquier pequeña discusión es un profundo rechazo. La adicción al amor es sufrimiento. Normalmente son personas que han desarrollado en su vida un profundo miedo al abandono, y por eso a la hora de enamorarse son posesivas y celosas, con excesiva sensibilidad a la crítica y al rechazo. Esto explica algunos casos de maltrato, donde la mujer es capaz de soportar cualquier vejación antes que ser abandonada. Las personas con baja autoestima son más proclives a la dependencia, y a la necesidad de "pegarse" a alguien para sentirse seguros.
FORMAS DE ADICCIÓN AL AMOR
A una persona: Puede ser un amante, un hijo, ... Este tipo de adicción conlleva el no poder vivir independientemente de la otra persona, sentir que es posesión. Este tipo de adicción es santificada por nuestra cultura (¡cómo le quiere!), cuando en realidad no es más que egoísmo camuflado. Si realmente buscas el bien de otra persona, le dejas ser independiente que es lo necesario psicológica y biológicamente. El padre sufre este tipo de adicción hacia su hijo se molesta por su independencia y piensa que es un desagradecido.
Si esta dependencia es recíproca, es muy difícil evolucionar en la vida, como el hijo que vive con su madre toda la vida.
A una relación: Hay personas adictas a la idea de tener una relación. Están más enamorados de la idea de tener pareja que de la persona. Existen dos tipos, los que rompen y reinician relaciones, y los que se aferran a los efectos reforzantes de su relación ("Te odio pero no puedo dejarte"). Muchas parejas se mantienen unidas por muchas otras razones que por amor.
Al romance: Estos individuos viven tentados por el romance, la aventura, la pasión. Se preocupan por los rituales románticos: citas, cenas, sexo en lugares poco comunes, ... toda la parafernalia tentadora del romance pasajero. Está adicción suele ser el resultado de la fantasía, el infantilismo, el subdesarrollo afectivo. Buscan la seducción, la conquista, pero luego se cansan. Son inmaduros que suelen ser considerados ídolos sociales. Un claro ejemplo de adicto al romance era Don Juan, y normalmente a quien así se le denomina coincide con este perfil.
Diferencias entre mujeres y hombres
Una de esas creencias es que los hombres solamente piensan en sexo y otra es que las mujeres no paran de hablar. Pues bien, la psiquiatra inglesa Luan Brizendine, ha publicado un estudio en el cual asevera haber comprobado que las féminas por lo menos hablan tres veces más que los hombres. Las mujeres pronuncian más de ¡20 mil! palabras por día, mientras que los varones no llegan a 7 mil. Según la doctora Brizendine, esta circunstancia tiene que ver con la conformación cerebral y con las hormonas.
Como lo indica la ciencia los cerebros de la mujer y del hombre difieren. No es al azar que las mujeres sean más emocionales que los hombres. Las áreas del cerebro que se desarrollaron en ambos sexos tuvieron que ver con las tareas de supervivencia de la especie y con los mandatos genéticos que difieren entre los géneros. La mujer tenía que transmitir ternura y tranquilidad a los "cachorros" humanos, además de alimentarlos de su propio cuerpo.
Igualmente, debía enseñarle los rudi- mentos del lenguaje humano. Tenía que hablarles. El hombre en tanto, procuraba el sustento. Cazaba, pescaba o atrapaba alimentos lo cual le obligaba a estar en silencio.
También le tocaba defender a su familia del acecho de otros seres. Esto hizo que el hombre amoldara su cerebro hacia cómo orientarse, a manejar la rabia para enfrentar a los animales y a reprimir las emociones que pudieran debilitar su carácter de cazador y de guerrero.
La mujer requería que el padre de sus criaturas permaneciera a su lado y de sus hijos, por defensa y para que aprovisionara el hogar. Así desarrolló más las emociones, las cuales se expresan a través de los sentidos y las palabras. Sus hormonas sexuales le hicieron funcionar diferente de los animales. Tuvo sexo no sólo para procrear sino para mantener la atención de su pareja. Por su parte, el hombre prefirió estar con "su" mujer que andar combatiendo con otros varones para poseer a la hembra en celo. Juntos se amoldaron y surgió la monogamia.
Según la psiquiatra Brizendine, la testosterona y la genética sexual que le ordena al hombre tener el mayor número de hijos posible, le redujo la porción del cerebro que se ocupa de "escuchar", pero a la vez le incrementó la zona de pensamiento sexual que sería dos veces mayor que en las mujeres.
De allí que "solo piensan en aquello".
Aprendamos a comunicarnos
¿Alguna vez ha tenido un jefe que lo regaña por todo y no le reconoce su trabajo? ¿Ha tenido un empleado que llega tarde o no atiende su oficio? Y, se pregunta en cada caso: ¿Cómo hablar con su jefe para que le trate bien o qué decirle a su empleado para que cambie de actitud? ¿Cómo debemos comunicarnos?
Bueno, esta situación sucede exactamente igual con nuestros hijos: No sabemos como hablar con ellos y como establecer las normas del hogar. Ellos, por su parte, sienten que no son tomados en cuenta y que les quieren imponer reglas sin explicación alguna.
Cómo comunicarnos con los hijos
Nuestros hijos sienten tensiones, problemas con los amigos, estrés, tristezas y alegrías y necesitan la opinión de sus seres mas admirados. Para lograr que se establezca esta comunicación es inevitable observar su comportamiento, aprender a conocerlos. A intuir y saber si están sensibles, irritables, tristes o enamorados. Con mucha frecuencia hasta ellos mismos se sienten confundidos, se muestran callados y necesitan que les aclaren sus emociones. La mejor forma de hacerlo, es oírlos y sentirlos, sin críticas ni juicios. Debemos ponernos en lugar de ellos recordando que también tuvimos su edad y entonces nos sentimos incomprendidos cuando también hicimos nuestras travesuras.
Si de normas en el hogar se trata, es preciso que se establezcan reglas claras y consecuencias para su incumplimiento. Lo mejor es dejar que participen y lograrlas de común acuerdo. Se asombraran de lo que piensan sus hijos cuando se les pide su opinión y se establezcan los compromisos con ellos.
Como comunicarnos con los padres.
Cuando pensamos en nuestros padres los situamos muy distantes, como si ellos no supieran de qué se tratan nuestras vidas ni de lo que esta sucediendo. Es común escuchar la pregunta ¿Cómo les cuento esto a mis padres? Pues muy sencillo: ¡Hablando! Preguntándoles su opinión ante determinado tema, no necesariamente de algo que nos este pasando, sino de situaciones generales, también consultándoles de nuestro pasado y el de nuestra familia. Allí descubriremos de donde venimos y cuales son nuestras raíces e iremos abriendo canales de comunicación y averiguando que ellos de repente no opinan tan distinto de nosotros. Así muy rápidamente estaremos hablando de adulto a adulto y estableciendo un respeto en la relación. No esperemos a sentirnos como extraños con nuestros seres más queridos, nuestros padres y nuestros hijos. Abramos ese mundo mágico que se llama la comunicación.
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